Es hora de mover montañas

Nuestro renovado llamado a alcanzar a los perdidos

John Easter on May 6, 2026

Hace unos meses visité Tokio, una de las ciudades más populosas del mundo. Mientras caminaba por sus calles, consideraba el hecho de que la mayoría de los millones de personas que viven en esa metrópolis no tienen ningún conocimiento de Jesús.

Me dolía pensar que aquellos con quienes me cruzaba atravesaban momentos de miedo, enojo y dolor sin la paz que viene de conocer a Cristo. Era abrumador estar en medio de tanta gente perdida — percibir la densidad de personas, pero la escasez de esperanza.

Esta situación no es exclusiva de Japón.

En todo el mundo, miles de millones de personas se aferran a una falsa esperanza — o no tienen esperanza alguna — porque nunca han escuchado el evangelio.

En toda la cuenca del Amazonas, que abarca algunas de las zonas más remotas de América Latina, generaciones viven y mueren sin conocer a nuestro amoroso Dios.

En África, comunidades enteras dependen de tradiciones espirituales heredadas y permanecen aisladas de todo testimonio cristiano.

En el sur de Asia, millones se congregan en templos para adorar, pero nunca llegan a conocer al único Dios verdadero.

Y en partes de Europa que alguna vez fueron cristianas, el creciente secularismo está dejando a los jóvenes, en gran medida, desconectados del evangelio.

Algunos de estos lugares son geográficamente difíciles de acceder. Muchos son espiritualmente difíciles de alcanzar. Pero todos representan una necesidad urgente de Jesús, y tenemos la responsabilidad de responder.

Dios ve a estas personas, las ama y quiere tener una relación con ellas. Por eso Dios nos está llamando a hacer algo.

El evangelio transforma vidas, pero muchas personas nunca llegan a conocerlo.

Durante 400 años, la población de Japón ha permanecido con menos del 1 % de cristianos. Sin embargo, la nación ahora está experimentando un crecimiento de la iglesia como nunca. A medida que nuestros misioneros comparten fielmente el evangelio en Japón, la gente entra en las iglesias y experimenta un sentido de paz y esperanza. Se vuelven a Jesús al escuchar por primera vez las buenas nuevas, y el avivamiento se está extendiendo.

La historia de nuestro mundo no termina en su perdición. Nos encontramos en un momento crucial del plan redentor de Dios.

La tarea es verdaderamente grande, y hay barreras físicas y espirituales que debemos superar. Sin embargo, nada es imposible para Dios (Lucas 18:27). Dios no solo nos capacita para escalar montañas, sino también para moverlas.

Después de decir a sus discípulos que tuvieran fe en Dios, Jesús afirmó: «De cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho» (Marcos 11:23).

Las barreras que separan a grandes sectores de la población mundial del evangelio pueden parecer muros de piedra impenetrables. Pero creo que el Espíritu nos está llamando a tener fe en Dios y comenzar a mover montañas.

 

Los «sin compromiso»

Hoy, el 49% de nuestro mundo — más de 4 mil millones de personas — se considera no alcanzado por el evangelio. En estas poblaciones, hay dos o menos cristianos por cada 100 personas.

Los grupos no alcanzados carecen de un testimonio adecuado del evangelio. Sin intervención externa, muchos vivirán y morirán sin conocer jamás a un creyente ni experimentar la esperanza de Cristo.

En medio de esta perdición espiritual, existe otro sector aún más apartado: los grupos de personas no alcanzadas hacia quienes no hay un compromiso misionero.

Entre estos no alcanzados, no hay misioneros ni iglesias. Representan la necesidad más urgente de acceso al evangelio en nuestro mundo.

Actualmente hay 2.074 grupos de personas sin compromiso, que se suman a los 203 millones de personas sin ningún testimonio del evangelio.

Estos grupos no han rechazado el evangelio; simplemente nunca lo han escuchado. Nadie les ha dado la oportunidad de responderle a Jesús.

Aunque las Asambleas de Dios siempre se ha preocupado profundamente por evangelizar a los perdidos, los grupos sin compromiso misionero permanecen aislados. Hace dos años, Dios puso en mi corazón una carga inequívoca para cambiar esta situación.

 

Llamados a más

Fui elegido para servir como director ejecutivo de Misiones Mundiales de las AD (AG World Missions) durante el Concilio General de las Asambleas de Dios de 2023 en Columbus, Ohio. Unas semanas después, el Señor comenzó a inquietar mi corazón de una manera que no podía ignorar.

La historia de nuestro mundo 
no termina en su perdición. Nos encontramos en 
un momento 
crucial del plan 
redentor de Dios.

Durante meses, me despertaba en la madrugada — muchas veces alrededor de las 2:30 a.m. — y caminando por mi casa en la oscuridad, entraba en comunión con el Señor.

En esos momentos de silencio, una pregunta persistía: ¿Llegaste a este cargo solo para administrar cifras?

Durante esas noches de oración, sentí un llamado específico hacia los pueblos no alcanzados que no contaban con un compromiso misionero — personas que Dios desea salvar.

Oraba continuamente: «Señor, ¿qué quieres que haga?».

En 2024, cientos de superintendentes y directores de misiones de las Asambleas de Dios se reunieron para el Congreso Mundial de las Asambleas de Dios en Nairobi, Kenia. Durante ese evento, Dios respondió mi oración con un llamado que define la dirección hacia la cual se dirige ahora el esfuerzo de Misiones Mundiales de las AD.

Busqué la opinión de otros líderes presentes, preguntándoles cómo podíamos llegar a estos grupos no alcanzados.

Entonces, el superintendente general de las Asambleas de Dios, Doug Clay, compartió una palabra profética del Señor:

He llamado y estoy llamando a mi pueblo hacia los grupos de personas no alcanzadas del mundo, hacia lugares donde mi Nombre aún no es conocido, pero donde mi Espíritu ya está presente. Ha llegado el momento de entrar en este espacio, y estoy despertando un fervor por los perdidos, los olvidados, y por las tribus y lenguas que permanecen ocultas para el mundo, pero no para mí. Levántate, Asambleas de Dios, pues Yo iré delante de ti. ... A medida que avances, mi Espíritu reposará sobre ti con poder, sabiduría y una valentía audaz. Hablarás palabras de vida a aquellos que habitan en tinieblas, y ellos verán mi luz.

Comprendimos que Dios ya estaba preparando un camino hacia los lugares no alcanzados. La pregunta era: ¿lo seguiríamos nosotros?

La respuesta que recibimos de cada persona que escuchó este llamado fue un rotundo «sí».

 

Acceso al Evangelio

En respuesta al llamado de Dios, Misiones Mundiales de las AD lanza su iniciativa más grande en 72 años.

Estamos alineando nuestros recursos en torno a una sola visión: Acceso al Evangelio.

Para el año 2033, anhelamos contar con 4.000 misioneros de tiempo completo, sirviendo alrededor del mundo — un aumento de más de 1.400 obreros provenientes de los Estados Unidos.

Aunque enviaremos intencionalmente obreros a grupos no alcanzados que no cuentan con misioneros, esta visión no se limita únicamente a estos contextos. Todos los obreros de Misiones Mundiales de las AD — independientemente de su lugar de ministerio — formarán parte de este esfuerzo enfocado.

Todo lo que hagamos estará vinculado a la misión que Dios nos ha encomendado: compartir el evangelio con el mundo entero.

 

¿Por qué nosotros?

Este énfasis evangelístico no es nuevo. Desde su fundación en abril de 1914, las Asambleas de Dios ha estado comprometida con impulsar la mayor obra evangelística que el mundo haya visto.

Esa visión ha moldeado a la Fraternidad durante 112 años, a pesar de los desafíos de las guerras y otros acontecimientos mundiales.

Apenas unos meses después de la fundación de las Asambleas de Dios, estalló la Primera Guerra Mundial. Aun así, las Asambleas de Dios envió misioneros por todo el mundo.

Durante la Gran Depresión, las Asambleas de Dios continuó enviando misioneros.

La Segunda Guerra Mundial tampoco impidió ese envío. Ni los conflictos y peligros que marcaron la segunda mitad del siglo XX.

Más recientemente, muchas organizaciones lucharon por mantener sus puertas abiertas durante la pandemia de COVID-19. Sin embargo, las Asambleas de Dios siguió enviando misioneros.

En medio de períodos de inestabilidad económica y política, tanto en los Estados Unidos como en otras naciones, Misiones Mundiales de las AD nunca dejó de propagar el evangelio, enviando obreros.

Vemos la fidelidad de Dios arraigada en el ADN de nuestro Movimiento y escrita en nuestra historia. Es imposible no reconocerla al estudiar la historia de las Asambleas de Dios. Cuando las circunstancias podrían habernos impedido avanzar, nunca nos faltaron las provisiones, las oportunidades ni la disposición necesarias para enviar e ir.

En poco más de un siglo, las Asambleas de Dios ha establecido una presencia misionera en dos tercios del mundo. Esa rápida expansión no es otra cosa que un movimiento milagroso del Espíritu Santo. Dios nos llamó a una gran obra evangelística en el momento de nuestra fundación, y ese llamado no ha disminuido hasta el día de hoy.

Estados Unidos, sin duda, enfrenta una profunda necesidad espiritual. Muchos estadounidenses no conocen a Cristo. Sin embargo, el acceso al evangelio no constituye la barrera. La mayoría tiene acceso a Biblias en su idioma, a iglesias en sus comunidades y a creyentes que pueden compartir el mensaje de Dios. Esa no es la realidad de los pueblos no alcanzados sin compromiso misionero.

Con todos los recursos y comodidades que tenemos, ¿seremos la primera generación de líderes de las Asambleas de Dios que envíe menos misioneros y tenga menos carga por los perdidos?

Dios ha posicionado a esta Fraternidad para alcanzar a las naciones — no porque seamos más inteligentes, más talentosos o más ricos que otros, sino porque nos hemos comprometido a dar prioridad a la evangelización mundial y a hacer discípulos.

Debemos seguir edificando sobre el legado de quienes nos precedieron, confiando en Dios, quien nunca nos ha fallado. Es lo justo que sigamos avanzando, obedeciendo la Gran Comisión y enviando obreros a aquellos que nunca han escuchado el evangelio. Este no es el momento de disminuir la marcha.

No solo nuestra historia nos muestra que podemos cerrar la brecha de acceso al evangelio, sino que el tiempo presente nos revela que este es el mejor momento para hacerlo.

 

¿Por qué ahora?

A lo largo de sus 112 años de historia, las Asambleas de Dios sembró semillas, y la gente llegó a la fe. Grupos de creyentes se unieron y formaron iglesias nacionales. Y hoy, esas iglesias nacionales — que comprenden 451.000 congregaciones en todo el mundo — están enviando a sus propios misioneros.

En poco más de un siglo, las Asambleas de Dios ha establecido una presencia misionera en dos tercios del mundo. Esa rápida expansión no es 
otra cosa que 
un movimiento milagroso del Espíritu Santo.

La iglesia nacional en Indonesia está preparando misioneros para llegar a países que hablan idiomas afines y comparten rasgos culturales similares.

Los líderes de las Asambleas de Dios de Kenia están enviando misioneros a comunidades africanas donde las personas nunca han escuchado el evangelio, pero responden cuando este proviene de alguien que comprende sus contextos.

Las iglesias nacionales en Filipinas, Colombia y varios otros países se han comprometido a aumentar el número de misioneros.

Misioneros de todo el mundo están llegando a lugares que, en el pasado, carecían de un testimonio del evangelio.

Si las Asambleas de Dios en los Estados Unidos logra levantar 1.400 obreros adicionales para unirse a este esfuerzo de evangelización global durante los próximos siete años, podemos imaginar cuántas nuevas fronteras serán alcanzadas, y cuántas vidas serán transformadas y almas salvadas.

Incluso en lugares donde aún no hay misioneros, Jesús ya está sembrando las semillas del evangelio y preparando el campo para los obreros de la cosecha. Muchos musulmanes en países cerrados han testificado haber soñado con un Hombre vestido de luz que les ofrece paz; Alguien a quien finalmente reconocen como Jesús cuando encuentran a un cristiano que puede explicarles su experiencia.

En todo el mundo, hay un hambre creciente del evangelio. No debemos vacilar ni retrasar nuestro papel en el plan de Dios.

Las Asambleas de Dios está decidida a aprovechar al máximo este momento histórico. Ahora es el momento de actuar.

 

¿Es demasiado grande la tarea?

Al compartir esta visión con mi equipo ejecutivo, el equipo de liderazgo global y, finalmente, con misioneros y pastores, no podía evitar preguntarme: «¿Podremos lograrlo?».

Sin embargo, Dios se estaba moviendo en esas reuniones, y escuchamos repetidamente la misma respuesta. Algo profundo estaba ocurriendo. Muchos dijeron que Dios había puesto la misma visión en sus corazones. Otros enviaron cartas y correos electrónicos compartiendo su carga por aquellos que aún no tienen acceso al Evangelio.

Muchos dijeron con entusiasmo: «Hagamos algo al respecto».

Dios había estado preparando y equipando a nuestro Movimiento para responder a Su llamado. Él no nos llamaría a completar una tarea imposible.

El acceso al Evangelio no es solo un tema, una campaña o una frase emotiva. Es un alineamiento y un compromiso global de nuestro tiempo y nuestros recursos para cumplir la Gran Comisión.

La estrategia, la cooperación y la inversión de tiempo nos han ayudado a llegar a este momento decisivo. Pero mover montañas requerirá fe en acción, comenzando desde el nivel de la iglesia local.

 

¿Por qué la iglesia local?

Dios no solo nos ha llamado a servir en todo el mundo, sino que también nos ha dado un modelo de cómo llevar a cabo la evangelización global.

Los misionólogos a menudo hablan de la missio Dei, una frase en latín que significa «la misión de Dio» o «el envío de Dios». Desde Génesis hasta Apocalipsis, la historia redentora de las Escrituras revela el corazón de Dios por las naciones.

A lo largo de los siglos, Dios ha llamado a las personas a participar en Su misión.

Hechos 13 registra el momento en que la Iglesia primitiva envió a su primer equipo misionero. El Espíritu Santo habló a la congregación en Antioquía, diciendo: «Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado» (v. 2).

La iglesia local reconoció el llamado y participó en él mediante el ayuno, la oración y, finalmente, el envío.

De ciudad en ciudad, Bernabé y Saulo predicaron el evangelio. Las personas llegaron a Jesús, hicieron discípulos y establecieron iglesias. Este equipo misionero plantó semillas del evangelio que siguieron creciendo y extendiéndose durante siglos.

A través del libro de los Hechos, vemos al Señor derramando Su Espíritu, y las comunidades de creyentes convirtiéndose en participantes de la misión de Dios. Y todo comenzó con la iglesia local.

Dios no pidió a todos en la iglesia de Antioquía que vendieran sus posesiones, dejaran sus trabajos, desarraigaran a sus familias y viajaran por el mundo para evangelizar. Él llamó a dos misioneros, y la congregación los equipó para responder a ese llamado.

La iglesia local sigue desempeñando un papel central en las misiones.

El acto de enviar es esencial para la obra de Dios en el mundo. Así como el Padre envió a Su Hijo, el Padre y el Hijo enviaron al Espíritu Santo. Y el Espíritu nos empodera como testigos, desde Jerusalén hasta los confines de la tierra.

Dios nos llama a cada uno de nosotros a participar en la Gran Comisión, ya sea enviando o yendo.

Gracias a que las congregaciones de hoy son fieles en dar, orar y enviar, una persona llega a la fe en Jesús por primera vez cada 15 segundos. Y una nueva iglesia se planta en algún lugar del mundo cada 62 minutos.

Esto no sucede por casualidad. El evangelio avanza a medida que las iglesias locales se alinean con la enseñanza bíblica sobre la obra redentora de Dios.

El crecimiento de nuestro Movimiento en el mundo es el resultado de pastores, congregaciones y misioneros trabajando juntos como participantes de la missio Dei.

Lo que hacemos no se basa en un programa humano con proyecciones de éxito, sino que es el modelo del Nuevo Testamento.

Estamos continuando la obra que la iglesia primitiva comenzó: enviando misioneros y plantando iglesias que, a su vez, se convierten en congregaciones que envían misioneros al campo de misiones.

La iglesia local hace posible las misiones. Las comunidades que envían misioneros son los semilleros de la Gran Comisión, y los misioneros son sus hijos e hijas espirituales.

Los misioneros pueden permanecer en esos campos y manifestar la compasión de Jesús únicamente gracias a las iglesias que los sostienen. Estas congregaciones no son espectadores al margen, sino participantes activos en lo que Dios está haciendo.

¿Cómo, entonces, puede tu iglesia responder al llamado de Dios y ayudar a cerrar la brecha de acceso al Evangelio?

 

¿Qué puedes hacer tú?

Prioriza. Dios no guarda silencio. Él está actuando de manera activa y redentora en cada comunidad alrededor del mundo. La prioridad de la Iglesia debe ser llevar a cabo la misión de Dios — Su naturaleza de enviar y Su deseo de que todos los pueblos, en todas partes, escuchen el evangelio.

Siguiendo el modelo de Antioquía, haz de las misiones una prioridad en tu congregación. Crea una cultura donde las personas escuchen y respondan al llamado de Dios al campo misionero, sabiendo que recibirán apoyo.

Brinda a los congregantes experiencias directas con las misiones siempre que sea posible. Invita a misioneros a tu iglesia para que hablen sobre lo que Dios está haciendo. En los grupos pequeños, fomenta conversaciones centradas en las misiones. Comparte historias y videos del campo misionero. Dirige tiempos de oración por misioneros, regiones y necesidades específicos. Envía personas a viajes de corto plazo con Misiones Mundiales de las AD para que puedan ver y experimentar la obra de primera mano.

Nunca permitas que la falta de oportunidades impida que las personas participen en la misión de Dios.

Empodera. Yo no incursioné en las misiones por mi cuenta. Crecí asistiendo a una iglesia pequeña en una comunidad agrícola del este de Texas. Cuando sentí que Dios me llamaba a la obra misionera, toda la congregación se tomó muy en serio la responsabilidad de discernir, nutrir y celebrar ese llamado. Mi iglesia me empoderó y me envió.

No necesitamos tanto una nueva campaña o iniciativa, sino más bien un renovado sentido de compromiso para alcanzar a aquellos que no tienen acceso al evangelio.

Cultiva un corazón para las misiones en tu iglesia. Anima a los padres, madres, abuelos y abuelas espirituales a apoyar a aquellos que han sido llamados a ir.

Envía. Nuestro mayor recurso no es el dinero ni los proyectos, sino las personas que enviamos alrededor del mundo para compartir el mensaje de Cristo. No necesitamos tanto una nueva campaña o iniciativa, sino más bien un renovado sentido de compromiso para alcanzar a aquellos que no tienen acceso al evangelio. Por fe, podemos mover esas montañas.

La meta de capacitar y enviar a 1.400 misioneros no es arbitraria. Junto con nuestras iglesias nacionales asociadas, creemos que este es el número mínimo de obreros que necesitamos para generar impulso, expandir el alcance del evangelio y continuar esta misión hasta los confines de la tierra.

Pastores y líderes de iglesia: ¿cuántos hijos e hijas pueden levantar y enviar? Si cada iglesia de la Fraternidad Mundial de las Asambleas de Dios se alineara plenamente con este esfuerzo, avanzaríamos enormemente hacia la meta de terminar con la falta de acceso al evangelio en el mundo.

Dispónte. En mi caso, tomé conciencia del llamado de Dios sobre mi vida a una edad temprana. Ese es el caso de muchos misioneros. Otros no escuchan el llamado a las misiones hasta que están en sus 30, 40 años o más.

Si Dios te llamara a las misiones, ¿dirías «sí» y comenzarías ese camino? Incluso mientras participas en el envío, mantén tu corazón abierto a un posible llamado a ir.

 

Moviendo Montañas

Loren Triplett, quien se desempeñó como director ejecutivo de Misiones Mundiales de las Asambleas de Dios entre 1989 y 1997, dijo una vez: «No debemos medir nuestro éxito contra nada que no sea la tarea inconclusa».

Hemos logrado grandes avances en las Asambleas de Dios, edificando un Movimiento que ha alcanzado y transformado a incontables almas. Pero aún no hemos terminado.

Considera la misma pregunta que yo me planteé hace dos años: ¿Te conformas con simplemente administrar cifras, o deseas algo más?

¿Deseas dar continuidad al legado evangelístico de las Asambleas de Dios enviando a hijos e hijas para alcanzar al mundo con el evangelio?

No estamos en esto solo para administrar. Nuestro llamado es ampliar el acceso a Jesús. No seamos la generación que se detiene. Es hora de mirar al mundo — sabiendo que Dios ha posicionado a nuestra Fraternidad con una responsabilidad única — y decir: «Señor, estamos listos para mover montañas y alcanzar a los no alcanzados para tu gloria».

No será fácil. La misión siempre tiene un costo, y nuestra gente lo sabe. Pero si observas la historia de la fidelidad de Dios, verás que Él nunca se ha apartado de nuestro lado.

Si nuestras iglesias se comprometen a enviar y nosotros nos comprometemos a apoyar, creo que esas montañas que separan a los no alcanzados del acceso al evangelio, comenzarán a moverse.

Oramos por la mayor respuesta generacional al llamado de Dios que jamás hayamos visto en la historia de las Asambleas de Dios.

 

John Easter, Ph.D., es el director ejecutivo de Misiones Mundiales de las Asambleas de Dios.

 

Barra lateral: Grupos étnicos no alcanzados y los grupos «sin compromiso»

Al hablar de los grupos étnicos no alcanzados del mundo, es importante comprender algunos términos y cifras clave.

Los pueblos no alcanzados son grupos en los que hay dos o menos cristianos por cada 100 personas. Sin ayuda transcultural, no existe capacidad suficiente para establecer iglesias autóctonas.

Esta categoría abarca a más de 4.000 millones de personas repartidas en 6.544 grupos étnicos.

Cuando no más de 1 de cada 100 personas es creyente, un grupo se considera con escaso compromiso. Para aumentar la proliferación del compromiso se requieren equipos adicionales de plantación de iglesias.

Unos 3.400 millones de personas, repartidas en 6.062 grupos étnicos, se encuentran en esta situación de escaso compromiso.

Entre los pueblos de frontera, no más de 1 de cada 1.000 personas es creyente. Estos grupos suelen estar geográficamente aislados y carecen de un movimiento confirmado y sostenido del evangelio.

Este término describe a 1.900 millones de personas pertenecientes a 4.056 grupos étnicos.

Los «sin compromiso» — una categoría que comprende a 203 millones de personas — no cuentan con misioneros y prácticamente no se sabe que haya creyentes entre ellos.

Hay 2.074 grupos étnicos sin compromiso en el mundo, incluidos 411 en África; 368 en Asia-Pacífico; 1.099 en Eurasia; 25 en Europa; y 171 en América Latina y el Caribe. Las principales religiones practicadas entre los grupos sin compromiso son el hinduismo, el islam, el animismo y el budismo.

Estas cifras son dinámicas. Cambiarán a medida que los misioneros entren en zonas no alcanzadas y que nuevos estudios etnográficas proporcionen una comprensión más precisa de las poblaciones.

 

Este artículo aparece en el número de primavera de 2026 de la revista Influence.


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