Recobre el asombro
No deje que el ministerio reduzca su curiosidad sobre Dios
Hay un cambio sutil que puede producirse en la vida del líder espiritual, un cambio tan gradual que a menudo pasa desapercibido.
No viene acompañado de escándalos, agotamiento ni errores doctrinales. De hecho, desde fuera, todo puede parecer perfecto y el ministerio sigue funcionando sin problemas.
Sin embargo, bajo la superficie, algo esencial se ha apagado: el anhelo constante de seguir descubriendo a Dios.
Este punto ciego es muy peligroso para los líderes que llevan años caminando con Dios y que, de manera natural, han acumulado conocimientos y un lenguaje espiritual. Si no tienen cuidado, esta vulnerabilidad empieza a sustituir su asombro y admiración por la previsibilidad y las explicaciones.
Cuando los líderes se dan cuenta de que pasan más tiempo explicando a Dios que buscándolo, es hora de centrarse en renovar la intimidad en su relación con el Señor.
La curiosidad no es inmadurez; es la evidencia de que hay una relación. En toda relación humana que valga la pena, la curiosidad alimenta la cercanía. El ser humano hace preguntas y escucha para aprender más, lo que hace que la relación pase de ser meramente funcional a algo íntimo.
En las Escrituras, quienes caminaban cerca de Dios se esforzaban constantemente por buscarlo. Moisés pidió ver la gloria de Dios. David clamó por conocer los caminos de Dios. Los discípulos le hacían preguntas a Jesús continuamente, demostrando su deseo de conocerlo y comprenderlo mejor.
En todos los casos, la eficacia no provenía de lo que estos líderes habían aprendido, sino de la búsqueda de la presencia de Dios.
El paso de tener curiosidad por Dios a ejercer un liderazgo espiritual por inercia no es fruto de la rebeldía; es el resultado de la repetición. Los líderes oran, enseñan, planifican y organizan en público, pero a veces dejan de buscar al Espíritu en su tiempo a solas.
El ministerio puede seguir adelante, pero lo maravilloso ha disminuido. La ironía es que la competencia en el ministerio acelera este punto ciego. A medida que los líderes ganan confianza al explicar las Escrituras, surge la tentación de confiar en lo que ya se sabe, lo que hace que el peligro no sea un error teológico, sino la distancia relacional.
El rey David ofrece un fuerte contraste con esta tendencia. Él escribió: «Lo único que le pido al Señor — lo que más anhelo — es vivir en la casa del Señor todos los días de mi vida, deleitándome en la perfección del Señor y meditando dentro de su templo» (Salmo 27:4, NTV).
Durante su vida, David nunca fue un observador pasivo de la obra de Dios. Llevaba sobre sus hombros una enorme responsabilidad y la presión del liderazgo, pero su mayor deseo seguía siendo buscar a Dios. Para David, las responsabilidades del liderazgo no pesaban más que su búsqueda personal del Señor.
Los líderes espirituales se enfrentan hoy a la misma tensión. Las exigencias del ministerio pueden acabar fácilmente con esos momentos de tranquilidad en los que antes florecía la curiosidad. Cuando esto ocurre, la experiencia puede sustituir a la expectación si no se realiza un reajuste consciente y periódico.
Una vez escuché un sermón del pastor David Jeremiah en el que dijo: «No quiero convertirme nunca en un experto en Dios y dejar de sorprenderme ante Él». Él mismo relata la siguiente historia, que es la que alimenta su pasión por seguir maravillándose ante el Señor.
Para resumir la historia de Jeremiah, una noche, durante un estudio sobre Romanos 8 en un grupo pequeño, una estudiante levantó la mano. Miró su Biblia y dijo: «No entiendo cómo funciona esto». Señaló el versículo 11 de su Biblia y continuó: «Dice que el Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos vive en nosotros. Es decir, realmente dentro de nosotros. Eso ... O sea, ¿cómo es posible eso?».
El pastor se enderezó en la silla. Tenía preparada una respuesta perfecta: una respuesta lógica y doctrinalmente sólida que hablaba de la presencia del Espíritu Santo, la regeneración y la santificación. Había predicado sobre Romanos 8 más de una vez y podía explicar cada versículo de ese capítulo con claridad, precisión y seguridad.
En el momento en que un líder empieza a pensar que ya lo ha conseguido todo, es cuando la curiosidad empieza a desaparecer. Y cuando la curiosidad se desvanece, la devoción y el respeto le siguen poco a poco.
Pero antes de que él pudiera empezar, ella siguió hablando, con la voz temblorosa por la emoción.
«Estaba pensando en esto ayer en el ómnibus y me eché a llorar. El mismo poder que resucitó a Jesús de entre los muertos está en mí. En mí. Ahora mismo, mientras estoy preocupada por el alquiler, agotada por el trabajo y sin saber qué me depara el futuro. El poder de la resurrección está en mí».
Hizo una pausa y esbozó una pequeña sonrisa avergonzada.
«Lo siento, sé que probablemente sea algo básico. Seguro que todos ustedes ya lo saben. Pero ayer, de repente me di cuenta y no puedo dejar de pensar en esto».
Se hizo el silencio en la sala. Algunas personas asintieron con la cabeza.
La conversación siguió su curso. Pero el pastor se quedó allí sentado, paralizado. La verdad es que llevaba veinte años sabiendo esto a nivel intelectual. Podía escribir un trabajo de diez páginas sobre pneumatología. Sabía analizar el griego de Romanos 8:11 e incluso había convertido el poder de la resurrección en un bosquejo de sermón con tres puntos que rimaban con aliteración.
Pero, no podía recordar la última vez que eso lo había dejado sin palabras. ¿Cuándo fue la última vez que esta realidad lo había hecho llorar un martes cualquiera?
Mientras la persona hablaba, su rostro se iluminaba de asombro. No estaba analizando la doctrina; la estaba viviendo en primera persona. Estaba transformando su comprensión de la realidad.
El pastor se dio cuenta de algo que lo hizo reflexionar en ese momento: es posible explicar un milagro y dejar de sorprenderse ante él. Es posible dominar el lenguaje de la gloria y, sin darnos cuenta, perder la capacidad de apreciar las maravillas de Dios.
Esa noche, el pastor hizo una sencilla oración: «Señor, no dejes que me convierta en un experto en ti y en alguien ajeno al asombro. No dejes que mi ministerio te reduzca a meros argumentos. Mantén mi corazón sensible. Mantén mis ojos bien abiertos. Haz que el poder de la resurrección todavía lo sienta como el poder de la resurrección».
La mayor tragedia en el ministerio no es la ignorancia de Dios, sino la familiaridad sin asombro.
La señal de peligro
Cuando el deseo de conocer más a Dios se desvanece, al líder le resulta fácil hablar de Dios, aunque dedica menos tiempo a escucharlo. El líder puede darse cuenta de que la preparación de los sermones sustituye a la lectura devocional o que le resulta más fácil entablar debates teológicos que orar en privado.
Con el tiempo, el descubrimiento espiritual se ve sustituido por la repetición espiritual, hasta el punto de que los líderes pueden recurrir instintivamente a los comentarios y análisis antes de sentarse en silencio con las Escrituras y pedir al Señor que le revele su significado.
Este punto ciego también puede manifestarse en la pérdida de la expectativa espiritual. Los momentos de adoración, oración o lectura de las Escrituras ya no traen la misma esperanza de que Dios pueda revelarnos algo nuevo. Se ha perdido la expectativa de que surja una convicción o que cambien nuestras prioridades. En cambio, las prácticas espirituales se convierten en rutinas familiares que se llevan a cabo sin un verdadero encuentro, lo que mantiene intacta la disciplina, pero disminuye lo maravilloso.
Estas señales de alerta suelen surgir de la fatiga. Cuanto más tiempo camina alguien con Dios, más fácil es dar por sentado que queda poco por aprender. Sin embargo, las Escrituras presentan a Dios como un ser insondable en su profundidad.
El asunto no es que Dios deje de ser fascinante, sino que un líder abandone la postura de aprendiz.
Cuando Salomón ascendió al trono de Israel, su actitud hacia Dios se caracterizaba por el asombro y la curiosidad. En 1 Reyes 3, cuando el Señor lo invitó a pedir lo que quisiera, Salomón no pidió riqueza ni fuerza. En cambio, pidió sabiduría, un corazón comprensivo para discernir las cosas de Dios. Su petición revelaba no solo inteligencia, sino también dependencia. Sabía que no entendía cómo vivir con éxito su llamado.
Al principio de su reinado, Salomón mostró un gran respeto hacia Dios. En la dedicación del templo, en 1 Reyes 8, su oración rebosaba de reverencia. Sin embargo, con el tiempo las cosas cambiaron.
Las Escrituras nos dicen que la sabiduría de Salomón se convirtió en leyenda. Los líderes viajaban desde tierras lejanas para escucharlo. Su riqueza se multiplicó y su influencia se extendió. Escribió proverbios, compuso canciones y gobernó con brillantez administrativa. En muchos sentidos, encarnaba la maestría espiritual e intelectual.
Aumentaba su conocimiento, pero su búsqueda de Dios en el ámbito relacional comenzó a disminuir. En 1 Reyes 11:4 se narra el trágico desenlace: «no siempre fue fiel al Señor su Dios» (NVI).
El problema de Salomón nunca fue la ignorancia; fue un deterioro gradual de su atención consciente y su relación con Dios. Salomón no se despertó una mañana en plena rebelión. A medida que empezó a tolerar la idolatría y tuvo esposas en clara contradicción con los mandamientos de Dios, se fue alejando poco a poco del Señor. En lugar de seguir sintiendo curiosidad por Dios, el aparente éxito de Salomón hizo que dejara de consultar a Dios por completo.
En el momento en que un líder empieza a pensar que ya lo ha conseguido todo, es cuando la curiosidad empieza a desaparecer. Y cuando la curiosidad se desvanece, la devoción y el respeto le siguen poco a poco.
El antídoto
Cuentan que una fábrica sufría robos por parte de sus empleados. Cada día desaparecían objetos de valor.
Para llegar al fondo del asunto, la dirección contrató a una empresa de seguridad para que registrara a todos los trabajadores al salir al final de la jornada. Uno por uno, los empleados vaciaban sus bolsillos y se sometían al registro. Todos cooperaron de buena gana, excepto un hombre.
El líder que mantiene viva su curiosidad por Dios conserva la esencia de su llamado y garantiza que su enseñanza continúe fluyendo del encuentro con Él, y no solo de la información.
Cada tarde se acercaba a la puerta empujando una carretilla repleta de basura. Envoltorios de comida, colillas, vasos de papel... nada más que basura. El guardia de seguridad, ya de por sí irritado por las tareas extra al final del día, suspiraba y empezaba a rebuscar entre los residuos, convencido de que había algo de valor escondido entre aquel desorden.
Día tras día, no encontraba nada.
Al final, exasperado, el guardia apartó al hombre a un lado y le dijo con severidad: «Sé que estás robando algo. Registro esa carretilla todos los días y nunca encuentro nada que valga la pena llevarse, y eso me está volviendo loco. Si me dices lo que estás haciendo, no te denunciaré. Solo necesito saberlo».
El hombre respondió con calma: «Estoy robando carretillas».
El guardia estaba tan centrado en lo que llevaban las carretillas que no se dio cuenta de lo que tenía justo en sus narices.
Así es como, a menudo, el líder pierde su deseo de conocer más a Dios. Se obsesiona con los aspectos visibles del ministerio—bosquejos de sermones, planes estratégicos, resultados cuantificables. Examina las rutinas sin sentido y da por sentado que lo más urgente y visible tiene que ser lo más valioso. Mientras tanto, lo que le ha sido robado silenciosamente es mucho más esencial; ha perdido la curiosidad y el asombro.
Al igual que el guardia de seguridad, el líder revisa todo, excepto lo más obvio: la asistencia, los comentarios, los sistemas operativos. Pero a menudo deja de preguntarse si todavía se siente personalmente cautivado por la grandeza del Señor. Mientras explica la doctrina, debate sobre teología y prepara las notas, no se da cuenta de que la carretilla de la intimidad y la relación personal ha desaparecido.
Recuperar la actitud de aprendiz es la única forma en que el líder puede apreciar lo que más importa. El antídoto es seguir aprendiendo de forma consciente y descubrir las maravillas de Dios, no con el fin de enseñar o preparar un sermón, sino como un discípulo que busca la transformación. Esta actitud requiere prácticas deliberadas que despierten de nuevo la curiosidad y ayuden a establecer el ritmo de la búsqueda.
1. Dedica un tiempo a la Biblia sin tareas que completar. No todo el tiempo que los líderes dedican a la Palabra debe estar vinculado a la preparación de sermones o a la elaboración de contenidos de enseñanza. El líder debe leer las Escrituras con regularidad para conocer más profundamente a Dios, dejando que los pasajes les hablen antes de enseñarlos en público. Cuando se aborda la Escritura de esta manera, las verdades que ya conocemos recuperan su frescura.
2. Vuelve a hacerle preguntas a Dios. La curiosidad crece cuando el líder plantea preguntas sinceras ante el Señor. Las preguntas sinceras y directas reabren la dimensión conversacional de la oración y nos recuerdan que la formación espiritual se da a través de una relación constante.
3. Da prioridad a la presencia sobre la productividad. El tiempo que se dedica a permanecer en la presencia de Dios puede parecer poco productivo en una cultura centrada en los resultados. Sin embargo, esa es la fuente de la vitalidad espiritual.
El líder que protege los momentos apacibles de adoración, silencio y reflexión descubrirá nuevamente que la eficacia del ministerio surge de la relación, más que de la mera preparación. Cuando se da prioridad a la presencia, la curiosidad vuelve de manera natural.
Recuperar la actitud del aprendiz no significa renunciar a la profundidad teológica ni a la responsabilidad de liderazgo; significa recordar que no hay cantidad de experiencia o conocimientos que pueda sustituir la necesidad de un descubrimiento continuo.
El líder espiritual más maduro no es aquel que cree que lo sabe todo, sino aquel que sigue siendo consciente de que la naturaleza de Dios es infinita y merece ser explorada toda la vida.
El líder que mantiene viva su curiosidad por Dios conserva la esencia de su llamado y garantiza que su enseñanza continúe fluyendo del encuentro con Él, y no solo de la información.
Al igual que David, todo líder espiritual debe mantenerse anclado en un único deseo: no solo ser eficaz, sino permanecer continuamente en Su presencia.
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Si está en la situación de haber perdido el asombro ante Dios, lo invito a repetir conmigo esta oración.
Padre, perdóname por dejar que la familiaridad sustituya al asombro. Devuélveme el deseo de buscarte, no solo de hablar de ti. Enséñame de nuevo a escuchar, a esperar y a maravillarme. Protege mi corazón del orgullo de creer que ya te conozco por completo. Dame la humildad de quien está aprendiendo y la alegría de descubrirte en tu presencia. Haz que mi liderazgo brote de la intimidad contigo, no del conocimiento superficial que tengo de ti. En el nombre de Jesús, amén.
Adaptado de Puntos ciegos: Vulnerabilidades invisibles que definen el liderazgo, por Doug Clay (Springfield, MO: Gospel Publishing House, 2026).
Doug Clay es el superintendente general de las Asambleas de Dios.
Este artículo aparece en el número de verano de 2026 de la revista Influence.
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