La oración de un niño
Dios puede restaurar la ruptura familiar
Nací en el Bronx, Nueva York, hijo de padres adictos a las drogas. La violencia, la inestabilidad y el miedo constituyen mis primeros recuerdos.
Cuando era niño, vi a mi padre herir a mi madre con un tenedor y golpearla con un bate de béisbol.
Cuando le pregunté a mamá por qué no se iba, ella dijo que amaba a mi padre. Recuerdo haber pensado: — Si así es el amor, entonces no me interesa.
Mi hermana mayor y mi hermano menor nacieron con discapacidades del desarrollo debido a la exposición a las drogas. Mi madre estuvo encarcelada durante el embarazo que me trajo al mundo, así que nací en un recinto penitenciario.
Con el tiempo, mis padres nos abandonaron a mis hermanos y a mí en casa de nuestra abuela y ellos desaparecieron. Mi abuela intentó cuidarnos, pero la carga le era muy pesada.
Cuando tenía 8 años, mi abuela decidió que ya no podía cuidarnos más y planeó entregarnos al servicio de acogida. Me aterraba la idea de perder a la familia que me quedaba, especialmente a mis hermanos.
En medio de esta crisis inminente, asistimos al servicio de oración entre semana en la iglesia. El pastor preguntó si alguien tenía alguna petición de oración. Me puse de pie y abrí mi corazón, hablando de las dificultades por las que atravesaba mi familia.
Oré: — Dios, si eres real y sanas a mi mamá y a mi papá, prometo hablarle al mundo de ti.
Más tarde esa misma noche, noté que los ojos de mi abuela estaban enrojecidos e hinchados.
Cuando le pregunté por qué había estado llorando, la abuela me dijo: — He decidido cancelar los trámites con el servicio de acogida.
En ese momento, supe que Dios era real, que me estaba escuchando y que se preocupaba por el llanto de un niño con una familia destruída.
Al año siguiente, durante la Navidad, alguien que no esperábamos llamó a nuestra puerta. Era mi padre. Al verlo, mi abuela se enojó mucho y le cerró la puerta en la cara. Pero yo fui y nuevamente abrí y me aferré a las piernas de mi padre.
Papá le dijo a mi abuela: — Quiero que sepas que en la cárcel encontré la fe y acepté al Señor, y voy a luchar por la custodia de mis hijos.
Mi padre pudo recuperar nuestra custodia y comenzó a ir regularmente a la iglesia con nosotros. Para mí, aquello fue otra oración que Dios contestó. Aunque nuestra vida no era perfecta, era evidente que Dios había transformado a mi padre. Él hizo todo lo posible por criarnos como padre soltero hasta que murió repentinamente de un infarto, cuando yo tenía 16 años de edad.
Cuando le pregunté a mamá por qué no se iba, ella dijo que amaba a mi padre. Recuerdo haber pensado: — Si así es el amor, entonces
no me interesa.
Cuando era todavía un adolescente, acepté una invitación para contar mi historia en una prisión. Mientras hablaba ante unas 300 mujeres, repentinemente hubo un alboroto entre las oyentes.
Una mujer comenzó a gritar y a lamentarse desconsoladamente mientras los guardias rápidamente procuraban calmarla. Para mi gran sorpresa, me di cuenta de que se trataba de mi madre. Ese día, ella también aceptó a Cristo como su Salvador.
Tras aquel encuentro, siguieron años de silencio. Al salir mi madre de la prisión, se comunicó conmigo y pidió quedarse en mi casa.
Al principio, me resistí a la idea. Aún había heridas profundas y preguntas sin respuesta. Pero mi esposa me recordó la oración que había elevado a Dios en mi infancia. Había pedido una restauración de mi familia, y ahora esa oportunidad estaba a las puertas de mi hogar. Así que le di una oportunidad a mi madre.
La primera semana que mi madre vino a vivir con nosotros, discutimos. Me enfadé porque se negaba a ir a la iglesia. De golpe, años de dolor salieron a la superficie y le expresé a mi madre el resentimiento que había guardado durante tanto tiempo. Le exigí que me explicara por qué no había estado presente cuando la necesitaba.
Llorando, mi madre dijo: — ¿Quieres saber por qué soy así? ¡Si tan solo supieras!
Entonces, mamá me contó su historia y me explicó que su padre había abusado sexualmente de ella en repetidas ocasiones, comenzando cuando ella tenía 8 años de edad. Ella pasó su adolescencia en un centro de acogida, y durante ese tiempo fue manipulada y presionada para contraer un breve matrimonio con un adulto.
Con el tiempo, mamá conoció a mi padre, un boxeador profesional que al principio parecía amable, pero que más tarde se volvió abusivo.
Al escuchar la historia de mi madre, todo cambió dentro de mí. Sentí que Dios me hablaba al corazón: — Todos los hombres le han fallado. No seas tú el siguiente.
De repente, vi a mi madre no como la que me había traicionado, sino como una niña herida. Comprendí que ella necesitaba compasión, no juicio.
Un día, por iniciativa propia, mamá decidió ir con nosotros a la iglesia. Durante el servicio, ella entregó su vida al Señor y fue liberada de la adicción.
Han pasado 28 años desde aquel cambio radical. Hasta el día de hoy, mi madre se mantiene sobria y sirve a Dios.
El Señor respondió poderosamente a la oración de un niño de 8 años. Salvó a mi padre y a mi madre, restauró mi familia y sanó nuestros corazones.
Como pastor y capellán, ahora tengo el privilegio de cumplir la promesa que le hice a Dios en mi infancia: hablar al mundo de Dios. Mi vida es un testimonio de que ninguna historia está fuera del alcance del poder redentor de Dios.
Pablo Pizarro es el pastor principal de Temple Rock Community Church (AG) en Newark, Nueva Jersey, y autor del libro If You Only Knew [Si tan solo supieras].
Este artículo aparece en el número de verano de 2026 de la revista Influence.
Influence Magazine & The Healthy Church Network
© 2026 Assemblies of God