La métrica de Mateo 25

Presentación del Evangelio fuera de la iglesia

Kevin Foster on August 26, 2026

La mañana en que nuestra iglesia conmemoró su decimoctavo aniversario fue un momento en el que todo volvió al punto inicial.

Nuestras comunidades de habla inglesa y española se unieron para celebrar un servicio bilingüe en el que agradecimos a Dios por lo que había hecho.

Al mirar a la multitud, mi mente volvió a casi dos décadas atrás, a cuando mi esposa, Ellen, y yo llegamos por primera vez a Fresno, California, para plantar LifeBridge Community Church (Asambleas de Dios). Nadie nos conocía. No teníamos influencia en la ciudad, ni historia ni relaciones.

Simplemente teníamos una convicción que Dios había puesto en nuestros corazones. Creíamos que la iglesia local debía servir a su comunidad, no solo existir en ella.

Nuestro sueño era que, algún día, LifeBridge se convirtiera en una parte tan importante de Fresno y que la gente viera a la iglesia de la misma manera que veía a los servicios de emergencia: un grupo que corre al encuentro de las necesidades en lugar de huir de ellas.

Dieciocho años después, el alcalde de Fresno, al dirigirse a nuestra congregación, dijo algo que nunca olvidaré. Antes de llegar a ser alcalde, fui jefe de policía y pude ver los retos que enfrentan las familias y la decadencia de nuestra ciudad.

«Si tuviéramos en Fresno más congregaciones como LifeBridge Community Church, no necesitaríamos un cuerpo de policía», dijo el alcalde.

El alcalde no estaba restando importancia al papel de las fuerzas del orden. Tras décadas de protección a nuestra comunidad, comprendía su importancia mejor que la mayoría. El punto que el alcalde quería resaltar es el cambio que ocurre en las comunidades cuando las iglesias van donde hay sufrimiento, para fortalecer a las familias, alimentar a los hambrientos, atender a los más vulnerables y ofrecer esperanza.

En estos comentarios no estaban los indicadores que las iglesias suelen celebrar. El alcalde no habló de nuestra asistencia, nuestro presupuesto ni del tamaño de nuestro edificio. Habló del impacto.

Durante años, las iglesias se han especializado en medir tres cosas: edificios, presupuestos y personas. Esas medidas no son erróneas; simplemente no son completas.

Cada cifra representa a una persona. Cada dólar representa generosidad. Cada edificio representa una oportunidad para el ministerio.

Pero, ¿y si Jesús nos diera otro nivel de evaluación? ¿Y si nos invitara a medir no solo quién se reúne dentro de nuestras paredes, sino también quién experimenta su amor fuera de ellas?

En Mateo 25:31–46, Jesús llama, ciertamente, a utilizar una medida diferente de criterios.

 

El Evangelio en acción

Todo líder mide algo. El asunto no es si medimos; mas bien es si estamos midiendo lo correcto.

La asistencia es importante. Los presupuestos son importantes. Los edificios también son importantes. Las iglesias saludables deben prestar atención a esas cosas. El peligro surge cuando esas medidas se convierten en los únicos indicadores.

Limitar nuestros indicadores a la asistencia, los presupuestos, los edificios y los programas puede crear una cultura de ministerio en la que los pastores se pregunten constantemente, «¿estamos creciendo?», en lugar de «¿estamos marcando una diferencia?»

La presión constante por crecer en número es agobiadora. Una encuesta del Grupo Barna informó en el 2025 que casi 1 de cada 4 pastores había considerado abandonar el ministerio a tiempo completo durante el año anterior.

Mientras las iglesias aún se recuperaban de las angustias por causa de la pandemia en el 2022, el 42% de los pastores dijeron haber pensado en renunciar. El estrés, el aislamiento, el desánimo y el declive de las iglesias figuraban entre los principales factores.

La crisis no consiste simplemente en que los pastores abandonen el ministerio. En muchos casos, se trata de pastores que permanecen fieles en el ministerio, que se preguntan quietamente cuánto tiempo más podrán seguir adelante.

Una Iglesia llena 
del Espíritu no solo 
debe proclamar 
la esperanza de 
Jesús, sino también manifestarla.

Gran parte del agotamiento resulta de intentar medir una misión del Reino utilizando criterios incompletos. Una congregación puede tener una asistencia creciente, aunque no se conecte con su barrio. Una iglesia puede construir unas instalaciones magníficas, y no lograr mejorar la vida de las personas que la rodean.

Mateo 25:35–36, dice: «Tuve hambre, y me alimentaron. Tuve sed, y me dieron de beber. Fui extranjero, y me invitaron a su hogar. Estuve desnudo, y me dieron ropa. Estuve enfermo, y me cuidaron. Estuve en prisión, y me visitaron».

¿Qué sucedería si nuestras iglesias empezaran a medir no solo cuántas personas entran en nuestros edificios, sino también cuántas experimentan el amor de Jesús cuando todos salimos de ellos?

Reunirnos, dar, construir y gestionar los recursos nos ayuda a cumplir el propósito de Dios. Pero nunca se pretendió que estos fueran los únicos criterios de medición.

Jesús nos ofrece otra serie de criterios: uno que mide la compasión, la presencia y el amor «por el más pequeño» (Mateo 25:40).

Esto no significa restar importancia al culto, la enseñanza, el discipulado o la evangelización. La Gran Comisión sigue siendo nuestra misión. Sin embargo, las Escrituras nunca separan la proclamación del Evangelio de la demostración del Evangelio.

Una Iglesia llena del Espíritu no solo debe proclamar la esperanza de Jesús, sino también manifestarla.

 

El corazón compasivo

Desde mi niñez, ya estaba acostumbrado a las dificultades. Al igual que muchas otras personas de nuestra comunidad, mi familia pasó por épocas en las que la situación económica era muy precaria.

Había semanas en las que mi padre no tenía trabajo y lo único que obteníamos para comer era sopa de frijoles. Sin embargo, mi madre era un ejemplo de generosidad.

Un día, un hombre mendigo llamó a nuestra puerta pidiendo algo de comer. Mi madre podría haber tenido motivos para rechazarlo. Pero, en lugar de centrarse en lo que nos faltaba, vio a alguien que necesitaba compasión y le dio lo que teníamos.

Ahora me doy cuenta de que mi madre me estaba enseñando una lección que llevaría conmigo el resto de mi vida: aunque no tengas mucho, puedes hacer algo.

Antes de asistir al seminario o de convertirme en pastor, Dios ya estaba moldeando mi corazón. Estaba aprendiendo que la Iglesia da lo mejor de sí misma cuando corre al encuentro del sufrimiento, no cuando huye de él.

El sufrimiento no es un obstáculo para el ministerio. Es precisamente allí donde tiene lugar el ministerio.

Cuando fundamos la iglesia LifeBridge, esa convicción dio forma a nuestra cultura. En lugar de un departamento o un evento anual, queríamos que la compasión fuera nuestra identidad.

 

Nueva perspectiva

Si las iglesias van adoptar los criterios de Mateo 25, debemos empezar a plantear preguntas diferentes.

Las preguntas tradicionales no son malas: ¿Cuántas personas asistieron? ¿Cuánto dinero ofrendó la congregación? ¿Cuántos programas ofrecimos?

Pero Mateo 25 nos invita a plantear nuevas preguntas: ¿Quién pasa hambre en nuestra comunidad? ¿Quién se siente olvidado? ¿Quién necesita ropa? ¿Qué necesidades hay fuera de nuestras paredes? Si nuestra iglesia desapareciera mañana, ¿sería algo que nuestra comunidad notaría?

Al plantear estas preguntas en LifeBridge, empezamos a ver a nuestra comunidad desde una perspectiva diferente. En lugar de obsesionarnos en cómo atraer a más gente a nuestra iglesia, planteamos cómo mostrar el amor de Jesús en los lugares donde la gente sufría.

En cuanto empezamos a observar alrededor, vimos necesidades por todas partes. Vimos a personas mayores y familias que se enfrentaban a la inseguridad alimentaria. Vimos a personas sin hogar y vagando por las calles. Vimos colegios, organizaciones sin fines de lucro y entidades comunitarias que buscaban socios de confianza.

Descubrimos que la compasión crea oportunidades que nunca podríamos haber generado por nosotros mismos. Un paso de obediencia nos llevó a otro.

Antes de enseñar, según Mateo 25, Jesús ya lo había vivido. Jesús dio de comer a los que tienen hambre, atendió a los marginados, sanó 
a los enfermos y se acercó a aquellos a quienes la sociedad había excluido.

Dios abrió las puertas para ayudar a impulsar una de las comunidades de vivienda accesible más innovadoras de la historia de Fresno, un proyecto destinado a jóvenes que superan la edad límite del sistema de hogares de acogida.

Nos asociamos con el ministerio Convoy of Hope y el banco de alimentos local, y los recursos comenzaron a llegar a través de nuestra iglesia. Esto permitió a la congregación satisfacer necesidades que iban mucho más allá de lo que hubiéramos podido lograr por nuestra cuenta.

A través de esas colaboraciones, hemos proporcionado alimento y apoyo práctico a más de 400 mil personas de nuestra comunidad y hemos distribuido 2.5 millones de libras de alimentos desde 2020.

Después de haber donado alimentos al departamento de deportes de una escuela secundaria local, un joven estudiante nos contó que había sido el único alimento que había recibido para comer durante las vacaciones de primavera.

Es posible que LifeBridge no fuera la iglesia de nuestra ciudad con la mayor asistencia esa semana, pero en algún lugar, un estudiante tuvo comida. Eso significó algo.

Las cifras representan a personas, y cada persona es importante para Dios. Mateo 25 nos recuerda que algunos de los momentos más significativos del ministerio quizá no tengan lugar en nuestros púlpitos, ni siquiera dentro de nuestros edificios. Estos ocurren allí donde se da de comer a los hambrientos, donde se atiende a quienes se sienten olvidados y donde quienes sufren experimentan la compasión de Jesús a través de su Iglesia.

Las iglesias no tienen que elegir entre reunir a la gente y servir a los más necesitados. Dios nos llama a hacer ambas cosas. Reunirnos y servir tienen la misma importancia.

 

El más pequeño

Mateo 25 no se limita a animar a realizar actos de bondad al azar. Para Jesús, se trata de algo personal: «Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí» (v. 40).

Jesús se identifica con los pobres, los extranjeros, los enfermos y discapacitados, los encarcelados y aquellos a quienes la sociedad excluye.

A lo largo de las Escrituras, vemos el corazón de Dios hacia los vulnerables. Ahora Jesús hace la notable afirmación de que, cuando sus seguidores se acercan a las personas que sufren, le sirven directamente a Él. Cuanto más atendemos a los quebrantados, más bendecimos a Jesús.

Esto siempre ha sido fundamental en la concepción pentecostal de la misión. El Espíritu Santo da poder a los creyentes no solo para proclamar el Evangelio, sino también para encarnar el amor y la compasión de Cristo hacia aquellos que necesitan urgentemente esperanza.

La compasión no sustituye al Evangelio ni sirve como medio para ganar la salvación. Efesios 2:8–9, afirma: «Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe. Esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios y no por obras, para que nadie se jacte».

No somos salvos por obras, sino para las obras. Como dijo el apóstol Pablo: «Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras» (Efesios 2:10).

La compasión es el fruto de una vida transformada por Cristo y formada por el Espíritu.

Mateo 25 revela que la medida del ministerio no es solo cuántas personas acuden a nosotros, sino con cuánta fidelidad nosotros vamos a ellas.

Nuestras reuniones de fin de semana son importantes. Sin embargo, Jesús también nos desafía a preguntarnos: ¿Se está dando de comer a los que tienen hambre? ¿Se está prestando atención a los que se sienten solos? ¿Están experimentando la compasión de Dios las personas que sufren?

Antes de enseñar, según Mateo 25, Jesús ya lo había vivido. Jesús dio de comer a los que tienen hambre, atendió a los marginados, sanó a los enfermos y se acercó a aquellos a quienes la sociedad había excluido.

El Espíritu que fortaleció al ministerio de Jesús es el que fortalece hoy a la Iglesia para continuar su misión.

Cuando corremos hacia el sufrimiento, descubrimos que Jesús ya está allí.

 

Cinco principios

A medida que avanzamos para llegar a las personas que sufren en nuestras comunidades, tengamos en cuenta estos cinco principios.

1. Ajuste sus indicadores. La mayoría de las iglesias ya hacen un seguimiento de la asistencia, las ofrendas y la participación. Siga supervisando esas áreas, pero añada también los indicadores de Mateo 25.

Cuente cuántas necesidades está cubriendo, cuántas colaboraciones con la comunidad está consolidando y cuántas personas están pasando de mantenerse al margen a prestar un servicio significativo. Lo que mide determina lo que celebra, y lo que celebra determina su cultura.

En LifeBridge, empezamos a celebrar las historias que causaron impacto con el mismo entusiasmo con el que solíamos celebrar el cumplimiento de las metas de asistencia.

2. Identifique las carencias a su alrededor antes de crear programas. Con mucha frecuencia, las iglesias empiezan preguntándose: «¿Qué programa deberíamos poner en marcha?». Una mejor pregunta es: «¿Dónde sufre nuestra comunidad?”

Antes de iniciar algo nuevo, escuche. Reúnase con directores de colegios, líderes municipales, directores de organizaciones sin fines de lucro, personal de primeros auxilios y partes interesadas de la comunidad.

Pregunte: «¿Cuál es la mayor necesidad en nuestra comunidad y cómo podría prestar ayuda nuestra iglesia?»

En el caso de LifeBridge, esa pregunta nos llevó a identificar la inseguridad alimentaria, el aislamiento de las personas mayores, los jóvenes en hogares de acogida y las familias que viven marginadas.

3. Establezca acuerdos antes que programas. La transformación de la comunidad no consiste en que las iglesias intenten hacerlo todo por sí solas. La colaboración es un multiplicador del Reino.

La iglesia LifeBridge no disponía de un almacén de alimentos propio. Nos asociamos con organizaciones como Convoy of Hope y nuestro banco de alimentos local. En lugar de intentar crear todas las soluciones, nos convertimos en un puente de confianza que conectara los recursos con las necesidades.

La compasión inicia movimientos, pero son los sistemas los que los sostienen.

Tal vez su congregación no sea capaz de satisfacer todas las necesidades, pero alguien de la comunidad necesita urgentemente lo que ustedes ya tienen.

4. Cree sistemas que conviertan la compasión en cultura. La compasión no puede sobrevivir si depende únicamente de la pasión de un pastor. Tiene que formar parte de la estructura de la iglesia.

Busque maneras de servir fuera del edificio. Reclute y forme a voluntarios para llegar a la comunidad. Comparta historias que hayan marcado vidas.

LifeBridge creó una organización sin fines de lucro llamada Fundación ACTS, que da estructura a la compasión que ya hay en nuestros corazones. Eso nos abrió las puertas a colaboraciones, subvenciones y recursos que, de otro modo, quizá nunca hubiéramos encontrado.

Aunque no todas las iglesias necesitan poner en marcha una organización sin fines de lucro, es fundamental contar con sistemas bien planificados. La compasión inicia movimientos, pero son los sistemas los que los sostienen.

5. Empiece con lo que tiene a mano. A veces, los pastores escuchan historias de impacto en la comunidad y ellos mismos se descalifican. Piensan: «Nuestra iglesia es muy pequeña. No tenemos suficiente dinero ni voluntarios».

En las Escrituras, Dios rara vez partió de lo que a las personas les faltaba. Él empezaba con lo que tenían.

Cuando Moisés dudó su vocación, el Señor le preguntó: «¿Qué tienen en la mano?» (Éxodo 4:2).

Moisés vio una vara. Dios vio una herramienta para la liberación. El mismo principio se aplica a la iglesia local.

Es posible que no dispongas de unas instalaciones enormes, un equipo numeroso o recursos ilimitados, pero aun así puedes marcar la diferencia en tu comunidad.

Nuestro edificio en LifeBridge solo tiene 12.500 pies cuadrados. Sin embargo, Dios ha multiplicado el impacto de nuestra iglesia más allá de sus muros de formas que nunca hubiéramos podido imaginar.

En lugar de obsesionarse con lo que le falta, piense en lo que Dios ya le ha dado. Quizá sea un profesor jubilado con ganas de dar clases particulares a alumnos con dificultades de aprendizaje o un voluntario que puede repartir comidas a personas mayores. Quizá sea una habitación sin uso que podría convertir en un banco de alimentos. Quizá sea una relación con un colegio, una organización sin fines de lucro, un líder empresarial o una organización comunitaria.

Haga un inventario de las personas, las pasiones, las relaciones y los recursos que Dios ya ha confiado a tu iglesia.

Identifique las necesidades que le rodean. A continuación, tienda un puente entre lo que tiene y lo que su comunidad necesita.

Dios siempre ha multiplicado todo aquello que su pueblo está dispuesto a entregar.

 

El amor de Cristo

La Iglesia debe ofrecer ayuda a quienes sufren — no porque la compasión sea una estrategia inteligente para que las iglesias crezcan, sino porque refleja el corazón de Dios. Cuando amamos, servimos y acompañamos fielmente a las personas en su dolor, podemos confiar en Jesús para el resultado.

Jesús, al ver el sufrimiento, se acercaba. Jesús tocaba a las personas que los demás evitaban. Se fijaba en las personas que los demás ignoraban. Amaba a las personas que los demás rechazaban. La Iglesia de Cristo debe hacer lo mismo.

El mundo no necesita iglesias que busquen ser relevantes. Necesita iglesias que muestren el amor de Jesús.

No basta con traer a la gente a los edificios. Tenemos que enviar a nuestra gente a la comunidad.

Cuando Ellen y yo llegamos a Fresno, ni siquiera imaginábamos lo que Dios haría. Simplemente creíamos que LifeBridge podría convertirse en un lugar de esperanza y sanidad.

Dieciocho años después, de pie bajo aquella carpa y escuchando al alcalde hablar del impacto de nuestra iglesia, recordé que, cuando medimos lo que Jesús mide, empezamos a ver lo que Él ve.

Y cuando vemos lo que Jesús ve, correremos al encuentro del quebranto que Él vino a redimir.

 

Kevin Foster es el pastor fundador de LifeBridge Community Church (AD) en Fresno, California, y autor del libro Run to the Brokenness: How Your Church Can Be the Center of Your Community [Corre al encuentro del quebrantado: cómo la iglesia puede ser el centro de tu comunidad].

 

Este artículo aparece en el número de verano de 2026 de la revista Influence.

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