En la tierra como en el cielo

El mensaje de Pablo para el aquí y el ahora

Nijay K Gupta on August 12, 2026

Cuando era adolescente y formaba parte de mi grupo de jóvenes, aprendí un acrónimo interesante para «Biblia» (por sus siglas en inglés): — Instrucciones básicas antes de dejar este mundo.

Se suponía que esta frase nos recordaba que las Escrituras son el mejor recurso para la vida. Sin embargo, también daba a entender que lo más importante es dejar este mundo.

De la misma manera, muchísimos sermones, devocionales y canciones de adoración dan a entender que fuimos creados para el cielo, pero que seguimos atrapados en la tierra.

Durante mi tiempo en la escuela secundaria, mi grupo de jóvenes llamaba a las puertas para hablar de Jesús a nuestros vecinos. Los líderes nos enseñaban a preguntar: «si murieras hoy, ¿tienes la seguridad de que irás al cielo?»

Básicamente, estábamos ofreciendo un «seguro para el cielo». Sin embargo, este enfoque resta importancia al evangelio. Jesús no solo ofrece una esperanza futura, sino también una vida llena de sentido, paz y gozo aquí y ahora.

El plan final de Dios son unos cielos nuevos y una tierra nueva, donde Su morada y la nuestra se unan en armonía.

De principio a fin, la Biblia revela que Dios está obrando en nuestro mundo incluso ahora mismo. No estamos simplemente en una sala de espera terrenal para averiguar cuándo comenzará por fin la vida en el cielo. Somos parte del plan de Dios en la tierra.

Como afirma N.T. Wright: «El cielo es importante, ¡pero no es el fin del mundo!»

Si me dedicara ahora a la evangelización puerta a puerta, quizá empezaría con un par de preguntas diferentes: «Según tu opinión, ¿cuál es el sentido de la vida? ¿Quieres saber qué enseña la Biblia?»

Esa conversación tiene un fundamento bíblico y despertaría interés en muchas personas que luchan por encontrar un sentido en medio de las dificultades actuales de la vida.

 

El día de salvación

He dedicado años a estudiar las cartas del apóstol Pablo. En el seminario, aprendí que Pablo fue el primer teólogo de la Iglesia y también el mejor.

Pablo expone la justificación por la fe, el ministerio de la reconciliación, la vida del creyente en Cristo y la esperanza de gloria. Sin embargo, ofrece pocos detalles sobre el cielo.

Aunque Pablo explica la salvación, la destrucción, el juicio y la restauración, su esperanza no se basa en dejar atrás la tierra. Para Pablo, la obra de Cristo es la redención — enderezar lo  tergiversado, restaurar lo quebrantado y sanar lo herido.

Pablo anuncia con gran sabiduría el plan redentor de Cristo en Romanos 8:18–21:

De hecho, considero que en nada se comparan los sufrimientos actuales con la gloria que habrá de revelarse a nosotros. La creación aguarda con ansiedad la revelación de los hijos de Dios, pues fue sometida a la frustración, no por su propia voluntad, sino por la del que así lo dispuso. Pero queda la firme esperanza de que la creación misma ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza, para así alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

A lo largo de Romanos 5–8, Pablo plantea la obra de Dios, a menudo misteriosa y oculta, en un mundo imperfecto y quebrantado. Pablo tiene mucho que decir sobre las aflicciones, y explica que el sufrimiento actual no refleja la gloria futura que espera a los creyentes.

Los humanos no son los únicos que luchan en esta vida. Con alusiones bien claras a Génesis 1–3, Pablo describe el orden creado como un prisionero angustiado que anhela fervientemente la libertad.

Aunque Dios es el Libertador definitivo, sus hijos son agentes de libertad para toda la creación. Seguimos en un camino en el que dejamos atrás la imagen pecaminosa de Adán para ser transformados a la imagen de Cristo. La angustia y el dolor de la creación terminarán cuando el pueblo de Cristo acepte plenamente su misión original de traer orden, armonía y prosperidad al mundo.

Pablo proclama que su esperanza está en la resurrección. El ser humano no está condenado a perder una y otra vez en su lucha contra el pecado y la muerte. Por su gracia, Dios ofrece resurrección a quienes llevan su imagen. Aquellos que han sido sepultados juntamente con Cristo resucitarán y reinarán con Él.

Algunos podrían haber imaginado este poder de la resurrección como una promesa única destinada a un eschaton distante, pero Pablo insiste en que quienes mueren al pecado y a sí mismos pueden experimentar una vida llena del Espíritu y empoderada por la resurrección aquí y ahora. Podemos experimentar una «vida nueva» (Romanos 6:4), posible por el poder de la resurrección de Cristo.

La conclusión es que la vida tiene un profundo significado aquí y ahora. No nos limitamos a pasar el tiempo a la espera de ser «llevados» al cielo — un malentendido común y lamentable de la teología de la salvación de Pablo.

La salvación no es simplemente un acontecimiento pasado o futuro. Pablo la ve como una realidad continua y cotidiana para los creyentes, que están «siendo salvos» (1 Corintios 1:18).

Pablo nos advierte que no restemos importancia a la obra transformadora de la gracia de Dios en el tiempo presente: «hoy es el día de salvación» (2 Corintios 6:2, énfasis añadido). La salvación comienza hoy.

 

Interpretación errónea de Pablo

Durante gran parte de mi vida cristiana, interpreté erróneamente a Pablo.

Durante años, consideré las epístolas de Pablo como ensayos complejos que contenían teología (lo importante) y secciones mundanas (que podía pasar por alto o ignorar).

Para Pablo, la 
obra de Cristo es 
la redención — enderezar lo  tergiversado, restaurar lo quebrantado y sanar lo herido.

Escudriñaba el texto en busca de verdades teológicas de peso, mientras pasaba por alto la información aparentemente trivial sobre asuntos económicos, laborales, detalles de viajes, problemas de relaciones y dificultades cotidianas.

Las conversaciones en el seminario solían centrarse en la enseñanza de Pablo sobre el juicio final según 1 Corintios 3; la naturaleza del cuerpo resucitado según 1 Corintios 15; la divinidad de Cristo en Filipenses 2; y el significado de la justificación en Romanos 3–4.

Sin duda, estos temas merecen un estudio diligente. Pero, ¿qué podemos decir de los demás pasajes de Pablo? No son solo palabras de relleno entre las secciones teológicas, simples envoltorios que hay que desechar. De hecho, pueden ayudarnos a comprender cómo encontrarle sentido a la vida aquí y ahora.

Por ejemplo, podemos aprender mucho de cómo Pablo manejó una situación en Roma en la que algunas iglesias locales juzgaban a otras por asuntos de tradición y práctica religiosas.

El problema giraba en torno a disputas sobre qué alimentos comer y qué fiestas celebrar. Cuando se leyó en voz alta la carta de Pablo, los cristianos romanos probablemente se sorprendieron al descubrir que sus prácticas eran aceptables, pero que su actitud era errónea.

Tal y como explicó Pablo, podemos optar por consagrar ciertos alimentos al Señor u observar las fiestas como nos plazca. Al fin y al cabo, «Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos» (Romanos 14:8).

Jesús no es solo el Señor de las iglesias, los domingos y los elementos de la Santa Cena. Él es el Señor de todo: cada actividad de la vida, en todas partes, en cada momento. Más que intentar cumplir al pie de la letra los rituales religiosos, Pablo quería que los creyentes consagraran toda su vida al Señor.

Esa perspectiva debería influir en la forma en que leemos y aplicamos las cartas de Pablo (y, por supuesto, el resto de las Escrituras). El evangelio no es solo un «seguro para el cielo»; es una fuente de fortaleza y una guía de cómo debemos llevar nuestra vida cotidiana aquí y ahora.

Es cierto que no podemos experimentar la total plenitud de la vida que Dios tiene reservada para nosotros hasta que Cristo regrese para consumar el tiempo final de una vez por todas. Sin embargo, hoy mismo podemos aprender a caminar en sintonía con el Espíritu, anunciando el evangelio en todo lo que decimos y hacemos cada día.

Muchos cristianos parecen creer que, al morir, Dios los convertirá en seres angelicales, como si fuera lamentable nuestra vida como seres humanos. Sin embargo, la Biblia no dice que los ángeles fueran creados a imagen de Dios. Solo los seres humanos se describen de esa manera. Debemos considerar como algo bueno existir como seres humanos.

Por supuesto, el ser humano se corrompió por el pecado y, por lo tanto, fue condenado a muerte. El regalo que ofrece el evangelio de Jesucristo es la restauración plena de nuestra humanidad. Entonces, ¿cuál es el sentido de la vida? Llegar a ser plenamente humanos, ¡y con la ayuda de Dios podemos experimentarlo por fin!

El teólogo cristiano del siglo II, Ireneo de Lyon, escribió la popular frase: «La gloria de Dios es el hombre vivo». Esto resume el concepto de salvación de Pablo, es decir, que las personas recuperen su plena humanidad en Cristo, todo ello para la gloria de Dios.

Pero, ¿qué significa existir como ser humano? Si volvemos al Génesis, tal y como habría hecho Pablo, podemos ver tres elementos esenciales del propósito creador de Dios para la humanidad. Fuimos creados para ser imitadores de Dios; para cultivar el crecimiento; y para relacionarnos con los demás.

Quizá hemos oído la frase, «errar es humano, perdonar, divino». Eso es cierto después de la entrada del pecado en el mundo. Sin embargo, si partimos de esta frase, perdemos la perspectiva que se describe en Génesis 1 y 2 sobre cómo todo debió ser desde el principio.

En primer lugar, Dios creó al ser humano a su imagen (Génesis 1:26–27). Debemos ser imitadores de Dios en el mundo y manifestar especialmente su gloria y su justicia.

En segundo lugar, también fuimos creados para cultivar: para madurar y ayudar a toda la creación a crecer y prosperar (Génesis 1:28–30).

Por último, Génesis afirma que las personas son, por naturaleza, seres sociales, creadas para relacionarse con los demás (2:18).

 

Creados para ser imitadores

Pablo dijo a los corintios: «Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios» (2 Corintios 5:2).

La expresión griega traducida como «justicia de Dios» es dikaiosynē Theou. Aunque esta traducción sugiere la justificación por la gracia mediante la fe, la misma expresión aparece en otros pasajes de las Escrituras en referencia al carácter y la fidelidad de Dios (Daniel 9:14). Por lo tanto, no debemos limitar dikaiosynē Theou al simple estado de justificación.

En el intercambio santo según 2 Corintios 5:20, Cristo eligió ser crucificado injustamente como un pecador para que el ser humano pudiera ser justificado, y además ser hecho justo, recto y bueno — bueno con Dios y bueno como Dios. Fuimos creados para ser imitadores de Dios y reflejar su carácter, que es santo, bueno y justo.

Lamentablemente, hay una división en el cristianismo occidental entre los defensores del «evangelio espiritual» y del «evangelio social». Los primeros limitan el propósito del evangelio principalmente a salvar almas para el cielo, mientras que los segundos procuran aplicar el evangelio a las injusticias que vemos hoy en día en nuestro mundo.

Para Pablo, solo hay un evangelio: el evangelio de Jesucristo que destruye el poder del pecado, nos libera de la esclavitud de la muerte y nos permite vivir cada día como siervos de Jesucristo. Los representantes de este evangelio deben cumplir la misión de Cristo y anunciar su justicia y bondad por toda la tierra. Hemos sido justificados para hacer lo justo.

En Romanos 6, Pablo sostiene que, incluso sin la Ley como guía moral, los creyentes no deben ceder al pecado ni abusar de la gracia de Dios, porque ya hemos sido liberados del pecado y de la muerte (versículos 15–23). Por gracia, los cristianos pueden obedecer a Dios y vivir en Su justicia (versículo 16).

Pablo insiste en que quienes mueren al pecado y a sí mismos pueden experimentar una vida llena del Espíritu y empoderada por 
la resurrección 
aquí y ahora.

Pablo exhorta a los lectores a vivir como «esclavos de la justicia» (versículo 19). Si obedecemos a nuestro Dios justo, mostraremos Su propia justicia.

Los cristianos a veces describen la iglesia como un lugar donde los pecadores encuentran perdón. Aunque toda congregación debería ser un lugar de perdón, esa no es la única dimensión del Evangelio.

Como seguidores de Cristo, el Espíritu mora en nosotros, Jesús se acerca a nosotros y nos conformamos a la dikaiosynē Theou, la justicia de Dios, que también incluye la justificación de Dios.

Dios quiere todas las cosas en el mundo sean restauradas a la justicia, equidad, salud, plenitud e igualdad. Su plan desde el principio fue que el ser humano estableciera, promoviera y protegiera esa justicia.

En Romanos 2, Pablo reprende a sus compatriotas judíos que defienden la Ley, pero que son ciegos ante su propia hipocresía y su propio pecado: «Tú que enseñas a otros, ¿no te enseñas a ti mismo?» (v. 21).

Pablo destaca pecados como el robo, el adulterio, la idolatría y, en general, la transgresión de la Ley. En el versículo 24, el Apóstol cita Isaías 52:5: «Los gentiles blasfeman el nombre de Dios por causa de ustedes» (NTV).

Se trata de una acusación especialmente mordaz. Como nación santa de Dios, se suponía que Israel debía reflejar el carácter y la justicia de Dios. En cambio, el pecado de Israel provocó el efecto contrario, deshonrando el nombre de Dios.

La crítica de Pablo se podría parafrasear así: «Cuando los paganos, las naciones idólatras, los miran a ustedes y su comportamiento injusto, dicen: “¡Si así se comporta el pueblo de Yahvé, Yahvé debe de ser un dios terrible!”»

No basta con pedir perdón. Los cristianos también deben buscar la transformación a través del Espíritu Santo, para poder ser conformados a la imagen de Cristo.

Como creyentes, a medida que somos conformados a la imagen de Cristo, aprendemos a reflejar el carácter de Dios en el mundo: Su justicia, integridad, rectitud, santidad, fidelidad y honestidad.

 

Hechos para cultivar

Pensar y actuar correctamente requiere crecimiento.

En Génesis 1 y 2, es bien claro que Adán y Eva debían cultivar la tierra. La creación no vino prefabricada. Dios delegó una responsabilidad a quienes llevaban su imagen, y había que cumplir un cierto «trabajo».

En el Jardín no había ningún manual de instrucciones paso a paso. Para ayudar a que la creación floreciera, Adán y Eva tendrían que aprender y crecer, cultivando su propia madurez y sabiduría.

El llamado del ser humano siempre es a crecer y aportar armonía a la creación. Ese mandato no cambió con la entrada del pecado y la muerte al mundo, pero sí se volvió más difícil.

La labor de cultivo es peligrosa en medio de espinas y víboras, de enfermedad y muerte. El pecado es ponzoña en cada área de nuestra vida. Hace que la existencia humana sea complicada y dolorosa. Felizmente, en el Espíritu Santo, los creyentes tenemos un antídoto contra el pecado; Él nos da fuerzas para aprender, crecer, servir, cultivar y ayudar a otros a prosperar en Cristo.

Pablo solía aplicar a la vida cristiana imágenes relacionadas con el crecimiento y el cultivo. Quizá el ejemplo más conocido sea su enseñanza sobre el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22–23). Al igual que Dios creó cada árbol y cada planta con un propósito, Él diseñó al ser humano para que diera frutos inspiradores y agradables como el amor, la paz, el gozo, la gentileza y la bondad.

En 1 Corintios 12, Pablo describe además a la Iglesia como el cuerpo de Cristo. En su carta a los Efesios y a los Colosenses, deja claro que no se trata de una imagen estática. Más bien, la Iglesia es una comunidad que se mueve, habla y actúa, y que crece en el amor por el poder de Dios (Efesios 4:15–16; Colosenses 2:16–19).

Nunca Dios quiso que la Iglesia fuera una mera estructura o institución, sino un organismo vivo que promueve vitalidad en todo el mundo.

 

Hechos para relacionarnos

Por último, Dios nos diseñó para la relación. Tras crear al primer ser humano, Dios dijo claramente que Adán necesitaba una compañía y complemento (Génesis 2:18).

Solo en comunidad puede el ser humano cumplir plenamente la misión de ser imitador de Dios y promover la plenitud y el crecimiento en el mundo.

En el mundo occidental cada vez más se celebra como virtud el individualismo, la autosuficiencia y la independencia. Sin embargo, las Escrituras apoyan el valor de vivir y trabajar unidos en comunidad e interdependencia (Eclesiastés 4:12).

Los escritos de Pablo dan evidencia de un marcado énfasis en la comunidad. Pablo enseña que nos pertenecemos unos a otros (Romanos 12:4–5; Efesios 4:25) y que debemos enseñarnos unos a otros (Romanos 15:14). Aconseja a los creyentes a comer juntos (1 Corintios 11:33); a servirse unos a otros (Gálatas 5:13); a ayudarse mutuamente (Gálatas 6:2); y a amarse unos a otros (1 Tesalonicenses 3:12).

Pablo nunca pensó que los creyentes pudieran crecer en Cristo estando en soledad. Somos miembros de un mismo Cuerpo. Y no podemos cumplir nuestra labor de ayudar al mundo a prosperar si intentamos hacer todo por nuestra cuenta.

 

Las buenas noticias de hoy

Son muchos los cristianos que erróneamente piensan que, una vez que han aceptado a Jesús como Salvador, solo les queda esperar hasta la muerte o hasta el regreso de Cristo. Según esta forma de pensar, la vida en la tierra no tiene importancia.

El pecado es ponzoña en cada área de nuestra vida. Hace que la existencia humana sea complicada y dolorosa. Felizmente, en el Espíritu Santo, los creyentes tenemos un antídoto contra el pecado; Él nos 
da fuerzas para aprender, crecer, servir, cultivar y ayudar a otros a prosperar en Cristo.

Por el contrario, Pablo dio ejemplo y enseñó que los cristianos deben cumplir una vocación humana aquí y ahora. Las cartas de Pablo plantean muchos aspectos de la vida cotidiana, entre ellos el trabajo y la amistad.

Pablo no menospreciaba el trabajo, ni sugería que el reposo eterno definitivo lo excluyera. De hecho, Pablo encontraba un profundo significado en el trabajo (2 Corintios 6:4–5; 11:27; 1 Tesalonicenses 2:9).

Aunque Pablo podría haber obtenido sus finanzas exclusivamente de su ministerio como apóstol, optó por trabajar como fabricante de tiendas para no ser una carga económica para las iglesias en dificultad (1 Corintios 9:1–15). Esto no significa que Pablo cosiderara gratificante el trabajo duro, pero sí entendía bien su valor.

Los seres humanos fueron creados para trabajar y contribuir a la sociedad. Pablo resaltó este principio ante la iglesia de Tesalónica: «El que no quiera trabajar, que tampoco coma» (2 Tesalonicenses 3:10).

Ser cristiano no es una excusa para la pereza, para ser una carga para otros ni para renunciar a nuestra misión humana en el mundo. Sea cual sea el trabajo que realicemos, este puede ser santo si lo dedicamos al Señor y lo ponemos al servicio de los demás y al fortalecimiento de nuestra comunidad.

Pablo conoció y reconoció a creyentes que ejercían numerosas profesiones, entre ellos un médico (Colosenses 4:14); un comerciante (Hechos 16:14); un escriba (Romanos 16:22); un funcionario municipal (Romanos 16:23); y un abogado (Tito 3:13).

El trabajo para llevar el pan a la mesa es honorable. Dedicar todo nuestro trabajo al servicio del Señor, sea cual sea la profesión, es sagrado.

Pablo también tenía mucho que decir sobre la amistad.

Hubo un tiempo en el que yo consideraba a Pablo como un personaje solitario. Después de todo, Pablo tuvo algunas disputas iniciales con los doce apóstoles (Gálatas 2:1–14). Sin embargo, una lectura atenta del libro de los Hechos y de las epístolas paulinas revela que Pablo estaba constantemente rodeado de amigos y compañeros.

Pablo a veces vivía con amigos (Hechos 18:1–3) y encontraba en ellos un gran apoyo. Timoteo era como un hijo o un hermano menor para Pablo (Filipenses 2:20–22). En el momento más solitario y necesitado de Pablo, anheló tener a Timoteo a su lado (2 Timoteo 4:9).

Para Pablo, la amistad no consistía en ascender socialmente ni en buscar entretenimiento, sino en vivir según el plan de Dios. Dado que los seres humanos estamos hechos para relacionarnos, las conexiones que establecemos son esenciales para crecer juntos a la imagen de Cristo.

Los verdaderos amigos se fortalecen y edifican mutuamente. Tienen la confianza y el compromiso necesarios para desafiarse mutuamente y exhortarse unos a otros.

Los griegos solían describir la amistad como tener otro yo que nos ayuda. Pablo parece recordar esto al decir a los filipenses que tengan un mismo sentir, un mismo amor, que vivan unidos en alma y pensamiento, y que disciernan como un solo cuerpo (Filipenses 2:2).

Hoy en día, hay una crisis de soledad en nuestra sociedad. Dos de cada diez adultos estadounidenses (el 21%) se sienten desconectados de sus amigos, su familia y también del mundo, según un estudio de 2024 publicado por la Universidad de Harvard. De ellos, tres cuartas partes afirman que tienen poco o ningún sentido de significado o propósito en la vida.

Esto debería preocupar a los líderes de la Iglesia. Si no tenemos amigos que nos ayuden, nos costará madurar y ser personas plenas.

 

El cielo en la tierra

Pablo escribe: «En cambio, nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde anhelamos recibir al Salvador, el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo miserable para que sea como su cuerpo glorioso, mediante el poder con que somete a sí mismo todas las cosas» (Filipenses 3:20–21).

Pablo no dice que nuestro hogar eterno estará en el cielo. Más bien, dice que el cielo eventualmente llegará a la tierra.

Pablo se basaba aquí en el conocido concepto de la colonización imperial. Roma colonizó múltiples ciudades, como Filipos, con el fin de remodelarlas según el modelo romano.

Los gobernantes imperiales no querían que todo el mundo se trasladara a Roma. A medida que el imperio ampliaba sus fronteras, estos líderes procuraban convertir cada ciudad conquistada en una «Roma lejos de Roma».

A diferencia de Roma, el reino de Dios no avanza mediante la violencia y el dominio. Sin embargo, Pablo enseñaba algo semejante. Dondequiera que llega el Evangelio, se transmiten las características del cielo: la justicia del Padre, el reino de Cristo y la paz y el gozo del Espíritu Santo.

El propósito de la predicación de Pablo no era trasladar a los filipenses a Roma ni al cielo, sino hacer de Filipos un reflejo del reino de Cristo en la tierra.

En lugar de una huida, el evangelio de Pablo habla de la transformación y la renovación: la humanidad plenamente viva.

 

Nijay K. Gupta, Doctor en Filosofía, es profesor de Nuevo Testamento en el Northern Seminary de Lisle (Illinois), copresidente del seminario de Teología Paulina del Instituto de Investigación Bíblica y autor de Paul for the World: A Grounded Vision for Finding Meaning in This Life — Not Just the Next [Pablo para el mundo: una visión establecida para encontrar sentido a esta vida, no solo a la próxima].

 

Este artículo aparece en el número de verano de 2026 de la revista Influence.

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