Cambio de fortuna
La historia de un mendigo revela el corazón de Dios por los pobres
Cruzas al otro lado de la calle porque me vez andrajoso y sin hogar? ¡Soy un ser humano!»
Mientras caminábamos por la ciudad de noche, mi hija y yo habíamos cruzado al otro lado de la calle para evitar pasar junto a una persona que claramente no tenía más hogar que ese y, yo temía que estuviera bajo la influencia de alguna droga.
Aunque parecía una precaución razonable, el grito indignado siguió resonando en mis oídos mucho tiempo después del encuentro: «¡Yo soy un ser humano!»
Los pobres entre nosotros son, de hecho, personas creadas a imagen de Dios. Alejarse es más fácil y seguro que acercarse. Sin embargo, la Escritura nos llama no solo a ver el sufrimiento humano, sino a hacer algo al respecto.
Moisés dijo: «Gente pobre en esta tierra siempre la habrá; por eso te ordeno que seas generoso con tus hermanos hebreos y con los pobres y necesitados de tu tierra» (Deuteronomio 15:11).
Este tema de la generosidad es central en el mensaje del Nuevo Testamento, ya que Jesús desafía a los privilegiados y anuncia las buenas noticias a los pobres. Los escritos de Lucas especialmente enfatizan la humanidad de aquellos a quienes la sociedad ignora, y a quienes Dios busca levantar.
Ricos y pobres
La historia del hombre rico y Lázaro según Lucas 16:19–31 es única no solo por el interés del escritor del Evangelio por las personas pobres y marginadas, sino también por su teología de un Salvador que cambia la vida y revoluciona el sistema de valores del mundo.
Su contexto es un diálogo entre Jesús, sus discípulos y los fariseos.
En Lucas 15, los fariseos criticaban a Jesús por recibir a recaudadores de impuestos y pecadores y comer con ellos (vv. 1–2). Jesús respondió con los relatos de las parábolas de la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo perdido, para destacar la compasión de Dios por los pecadores.
A continuación encontramos la parábola del administrador astuto (Lucas 16:1–15). Jesús observó que quienes administran dinero en este mundo, a veces son más astutos que los religiosos cuando se trata de planear con anticipación y construir relaciones (v. 8).
La mayordomía es una medida de confianza y un reflejo del corazón. Como dijo Jesús: «Ningún sirviente puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro o querrá mucho a uno y despreciará al otro. Ustedes no pueden servir a la vez a Dios y a las riquezas» (v. 13).
La palabra griega para dinero, mamōnas, se traduce como «mammón» en algunas biblias, incluida la versión Reina-Valera Antigua. Mammón podría incluir cualquier cosa material que ocupe el lugar de Dios en el corazón de una persona. En otras palabras, es un tesoro que se convierte en un ídolo.
Esto provocó las burlas de los fariseos, «a quienes les encantaba el dinero» (v. 14). Jesús explicó que las prioridades del mundo son diferentes a las de Dios: «Aquello que la gente tiene en gran estima es detestable delante de Dios» (v. 15).
Jesús ilustró este punto con otra historia. Al igual que la parábola anterior, comienza con las palabras: «Había un hombre rico» (16:1,19).
Esta historia del hombre rico y Lázaro, que encontramos solo en Lucas, tiene varias peculiaridades. Es la única parábola con un personaje cuyo nombre es mencioanado, paradójicamente, el hombre era prácticamente invisible para la sociedad. Además, gran parte del relato ocurre fuera de la existencia humana ordinaria, en misteriosos reinos del más allá.
La historia muestra marcas de intertextualidad. Los comentaristas han sugerido influencias de la literatura egipcia, grecorromana y judía. También da detalles que rara vez se ven en las parábolas, como descripciones del aspecto de un personaje.
El hombre rico se «vestía con púrpura y lino fino» (v. 19), un atuendo que habría sido difícil de comprar para la mayoría. El púrpura era un tinte fenicio costoso, hecho de caracoles del tipo murex. La túnica púrpura del hombre, probablemente de lana, lo identificaba como miembro de la clase gobernante.
Otro lujo eran las prendas blancas de lino fino egipcio. La combinación de púrpura y lino comunicaba su estatus casi real.
Este era un hombre que vivía rodeado de lujos. El lenguaje sugiere diversión, banquetes extravagantes y tal vez glotonería. La versión Nueva Biblia de las Américas dice que «celebraba cada día fiestas con esplendidez» (v. 19).
Las comidas en la Judea del primer siglo normalmente consistían en alimentos básicos sencillos como sopa de lentejas, frutas y pan. Los banquetes se reservaban para ocasiones especiales, como las bodas. Solo los ricos podían darse el lujo de disfrutar regularmente de grandes banquetes.
A la puerta de la casa del hombre rico se tendía un mendigo llamado Lázaro (v. 20). En lugar de ropa lujosa, Lázaro estaba cubierto de llagas. Mientras el hombre rico disfrutaba de sus banquetes, Lázaro «hubiera querido llenarse el estómago con lo que caía de la mesa» (v. 21).
Los pobres entre nosotros son, de hecho, personas creadas a imagen de Dios. Alejarse es más fácil y seguro que acercarse. Sin embargo, la Escritura nos llama no solo a ver el sufrimiento humano, sino a hacer algo al respecto.
Lázaro estaba tendido a la puerta del hombre rico, lo que significa que probablemente tenía una discapacidad o estaba muy enfermo para caminar. Los lugareños posiblemente llevaban a Lázaro a ese lugar, apelando a la compasión del hombre rico. Sabían que este gobernante adinerado tenía los medios y una obligación legal (según la ley judía) de ayudar a Lázaro. Sin embargo, no recibió ayuda alguna.
Al igual que el sacerdote y el levita en la parábola del Buen Samaritano que Jesús refirió (Lucas 10:31–32), el hombre rico pasó de largo e ignoró el sufrimiento de su prójimo.
Los perros que venían a lamer las heridas del mendigo no eran compañeros, sino torturadores. El Antiguo Testamento describe a los perros como carroñeros salvajes que comían cadáveres (1 Reyes 14:11; 16:4; 21:19,23–24; 22:38). Para Lázaro, las bestias que lamían su carne ulcerada y enflaquecida eran una humillación adicional al dolor que él sentía.
Una característica que se encuentra típicamente en grandes estados o palacios, la puerta representa la separación entre Lázaro y el hombre rico. Las puertas mantenían fuera a los indeseables y ocultaban de la vista a personas como Lázaro.
Sin embargo, es imposible ignorar completamente a los lázaros del mundo. El hombre rico habría pasado por la puerta muchas veces, dando a Lázaro la oportunidad de presentar su caso, o al menos esperar algo de compasión.
Prescindibles
Lázaro pertenecía a una clase de personas conocidas como prescindibles. Esta población vulnerable, que incluía viudas, huérfanos y personas con discapacidad, experimentaba una pobreza tan extrema que muchos morían prematuramente.
Según Craig Keener, los prescindibles constituían alrededor del 15 % de la población urbana en el mundo romano del primer siglo. Un 10 % de la población total vivía muy cerca de caer en la categoría de prescindibles, mientras que el 70 % eran jornaleros que trabajaban en el campo. Mientras tanto, el 2 % más rico poseía al menos la mitad de la riqueza.
El hecho de que Lucas mencionara el nombre del mendigo habría parecido extraño a su público, especialmente porque el hombre rico permaneció en el anonimato. Esto presagia la inversión de papeles que pronto sucedería.
Muchos consideraban a Lázaro como alguien prescindible, pero Jesús le dio un nombre. Un nombre le otorga a Lázaro—y a otros como él—identidad, honor y dignidad humana. Este gesto sencillo pero profundo es simbólico de «buenas noticias [de Cristo] a los pobres», según Lucas (4:18). El Dios que ve a cada gorrión y cuenta cada cabello (12:6–7) conoce y valora a aquellos que la sociedad considera prescindibles.
Algunos suponían que la opulencia del hombre rico era una señal de aprobación divina. Siguiendo la misma lógica, tal vez pensaban que Lázaro merecía su desgracia.
Esta era la teología de algunos fariseos. Ellos veían las cualidades exteriores como evidencia del favor de Dios (Lucas 11:39–40; 18:11–12). Ese tipo de pensamiento puede explicar por qué los fariseos se burlaban de la enseñanza de Jesús sobre el dinero.
La riqueza, los cargos y los elogios humanos no impresionan a Dios. Él mira más allá de la apariencia, él mira el corazón (Lucas 16:15).
Inversión escatológica
A pesar de sus estilos de vida tan diferentes, el hombre rico y Lázaro tenían algo en común: ambos murieron (Lucas 16:22–23).
Dada su inanición, debilidad y exposición a los elementos y a los animales salvajes, no es sorprendente que Lázaro pereciera. No está claro cuánto tiempo pasó antes de que cada hombre llegara al final de su vida. Sin embargo, la muerte eventualmente llega para todos (Eclesiastés 3:1–2; 9:5; Lucas 20:29–32; Hebreos 9:27).
El hombre rico fue enterrado, probablemente con pompa y honor. No se menciona ningún rito funerario para el mendigo. La muerte del hombre pobre, aunque posiblemente, recibió poca atención en la tierra, no pasó desapercibida en el cielo. Dios envió ángeles para que llevaran a Lázaro con ternura junto a Abraham.
Mientras tanto, el hombre rico fue al Hades, donde experimentó tormento. Hades es una palabra griega que describe una existencia sombría en el inframundo. En el judaísmo, se pensaba que era un lugar intermedio donde se retenía a los condenados mientras esperaban el juicio.
La representación de Lázaro y el hombre rico observándose mutuamente desde sus respectivos destinos armoniza con las descripciones del más allá en la literatura judía del Segundo Templo. Aunque estaban separados, tanto los bendecidos como los condenados podían ver el destino del otro.
Desde el Hades, el hombre rico «vio de lejos a Abraham y a Lázaro junto a él» (Lucas 16:23). Esto es una inversión escatológica de la existencia terrenal, donde Lázaro había estado en angustia mientras miraba pasar al hombre rico.
El hombre rico fue quien ahora buscó ayuda: «¡Padre Abraham, ten compasión de mí!» (v. 24).
Al dirigirse a Abraham de esta manera, el hombre rico erró según lo que Juan el Bautista advirtió en Lucas 3: «no se pongan a decir: “Tenemos a Abraham por padre”. Porque les digo que aun de estas piedras Dios es capaz de darle hijos a Abraham. Es más, el hacha ya está puesta a la raíz de los árboles y todo árbol que no produzca buen fruto será cortado y arrojado al fuego» (vv. 8–9).
Juan continuó describiendo cómo es ese buen fruto: «El que tiene dos camisas debe compartir con el que no tiene ninguna […] y el que tiene comida debe hacer lo mismo» (v. 11).
Incluso los recaudadores de impuestos respondieron al mensaje de Juan con arrepentimiento, pero los fariseos se opusieron (3:12; 7:29–30). Al igual que el hombre rico, los fariseos «[rechazaron] el propósito de Dios».
Anteriormente, en Lucas, Jesús había llamado «hija de Abraham» a una mujer que había estado afligida por un mal durante 18 años y a los que se oponían a su sanidad, «hipócritas» (13:15–16). Jesús quería que los fariseos supieran que corrían el peligro de seguir el mismo camino que el hombre rico. Si continuaban por la senda de la avaricia y la hipocresía, los fariseos podrían quedar excluidos del reino de Dios, mientras que los prescindibles, los gentiles y los recaudadores de impuestos tendrían su lugar junto a Abraham.
El súplica del hombre rico por piedad y alivio físico es otro giro en la narrativa. Estas eran precisamente las cosas que el rico negó a Lázaro. La súplica por una sola gota de agua se asemeja al deseo anterior del pobre por las migajas.
La súplica desesperada del gobernante caído hace eco de los lamentos de los desfavorecidos y de otras personas que sufren a lo largo de la narrativa de Lucas y Hechos (Lucas 5:12; 9:38; 17:12–13; 18:35–39; Hechos 3:3).
Aun así, a pesar de su humillante situación, la petición del hombre rico «manda a Lázaro» (Lucas 16:24) revela una actitud continua de derecho. Incluso en esta circunstancia, veía a Lázaro como un siervo que debía hacer su voluntad, atender sus necesidades y ofrecer el tipo de ayuda que él le negó. El hecho de que el hombre rico reconociera a Lázaro y supiera su nombre muestra que desde el principio era consciente de la difícil situación de este prójimo suyo.
Abraham le recordó al hombre rico que él había disfrutado de una vida cómoda mientras que había negado su ayuda a Lázaro. Ahora era Lázaro quien recibía consuelo mientras el hombre rico sufría (v. 25).
Esta no es una explicación teológica de la situación de cada uno. Más bien, simplemente destaca la inversión escatológica que muchos experimentarán un día. Como dice Jesús en Lucas 13:30: «En efecto, hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos».
El hecho de que el hombre rico reconociera a Lázaro y supiera su nombre muestra que desde el principio era consciente de la difícil situación de este prójimo suyo.
La Escritura no enseña que los pobres serán salvos y los ricos condenados. El propio Abraham era rico, al igual que varias personas que Lucas presenta como ejemplos positivos, incluyendo a las mujeres que apoyaron el ministerio de Jesús, el arrepentido Zaqueo y Bernabé (Lucas 8:2–3; 19:2–10; Hechos 4:36–37).
Como Lázaro es un personaje pasivo, no hay detalles sobre su vida espiritual. Sin embargo, la presencia del mendigo «al lado de Abraham» (Lucas 16:22) implica que Lázaro estaba entre los pobres piadosos que Jesús prometió consolar (6:20–21).
El hombre rico probablemente obtuvo su riqueza explotando a otros de manera pecaminosa. Al igual que el rico insensato en Lucas 12, eligió adorar a las riquezas en lugar de honrar a Dios y amar a su prójimo.
Como en la vida, el hombre rico y Lázaro estaban nuevamente en lados opuestos de una profunda cisma. Sin embargo, en la eternidad no hay oportunidad de cruzarla (Lucas 16:26).
Después de haber elegido vez tras vez no pasar por la puerta y ayudar a Lázaro cuando pudo, el hombre rico se encontró una impenetrable barrera que los separaba.
Este punto sin retorno es el final aterrador para todos los que no son ricos para con Dios (Lucas 12:21). Jesús advirtió: «Allí habrá llanto y crujir de dientes cuando vean en el reino de Dios a Abraham, Isaac, Jacob y a todos los profetas, mientras a ustedes los echan fuera» (Lucas 13:28).
El hombre rico finalmente le rogó a Abraham que enviara a Lázaro a sus hermanos, para que pudieran evitar «este lugar de tormento» (Lucas 16:27–28). Reconoció que su familia estaba siguiendo el mismo camino de maldad.
Sin embargo, este deseo de arrepentimiento y evangelización llegó muy tarde. Abraham dijo que los hermanos tenían a Moisés y a los Profetas, es decir, las Escrituras del Antiguo Testamento.
El hombre rico pensó que sería más convincente si alguien resucitara de entre los muertos. Pero Abraham le respondió que si no escuchaban a Moisés y a los Profetas, tampoco harían caso a alguien que resucitara de entre los muertos.
Esto es un anuncio de la resurrección de Cristo, que muchos a lo largo de los siglos han negado o ignorado. En una aparición después de la resurrección en el camino a Emaús, Jesús aclararía que Moisés y los Profetas apuntaban a Él (Lucas 24:27).
Si el hombre rico y sus hermanos hubieran estudiado las Escrituras, habrían sabido que Dios juzgaría a quienes oprimen a los vulnerables (Levítico 19:18; Deuteronomio 15:1–3; 24:10–22; Isaías 3:14–15; 58:6–7; Amós 2:6–8). El creyente que sigue las palabras de Moisés y de los Profetas actúa con justicia, cuida de los pobres y ama a su prójimo.
Bondad divina
Desde el primer capítulo de su Evangelio, Lucas anuncia un cambio de destino tanto para los fieles oprimidos como para aquellos que confían en posiciones y riquezas.
El Magníficat de María celebra que el Señor, «De sus tronos derrocó a los poderosos, mientras que ha exaltado a los humildes» (Lucas 1:52). «A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió con las manos vacías» (v. 53).
Durante su sermón en Nazaret, Jesús leyó de Isaías 58:6 y 61:1–2, identificándose como Aquel «ungido para anunciar buenas noticias a los pobres», «a proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a pregonar el año del favor del Señor” (Lucas 4:18–19).
Hay posibles implicaciones espirituales y sociales en cada una de estas categorías. Los prisioneros incluían a personas encarceladas por deudas, como el siervo en Mateo 18:30. Las personas ciegas a menudo vivían en pobreza extrema, lo que los reducía a mendigar (Lucas 18:35).
«El año del favor del Señor” probablemente se refiere al año del Jubileo, un tiempo en que se cancelaban las deudas (Levítico 25:10).
Sin embargo, la justicia de Dios es más que poder y economía, porque la fe y el pecado trascienden estas capas. El Señor es misericordioso con todos los que «le temen» (Lucas 1:50), desde el centurión hasta la viuda (7:1–17).
Sobre todo, Jesús vino a buscar y a salvar a los perdidos espiritualmente, ya sean pobres o ricos (Lucas 19:10). En la economía de Dios, el estatus socioeconómico no es un obstáculo para las bendiciones eternas.
Las Bienaventuranzas, según Lucas, registran que Jesús dijo: «Dichosos ustedes los pobres, porque el reino de Dios les pertenece. Dichosos ustedes que ahora pasan hambre, porque serán saciados» (6:20–21).
Jesús continúa pronunciando ayes contra los ricos impíos, que ya han recibido su consuelo (v. 24). Algunos «que ahora están saciados, […] sabrán lo que es pasar hambre» (v. 25).
Mientras que el pasaje paralelo en Mateo se enfoca en lo espiritual, «los que tienen hambre y sed de justicia» (5:6), Lucas resalta las necesidades físicas inmediatas.
Lucas también anticipa el banquete escatológico que los escritores del Antiguo Testamento ya habían previsto (Salmo 107:9; Isaías 25:6; 49:10). Este tema se desarrolla a lo largo del Tercer Evangelio (Lucas 12:37; 13:29; 14:12–24), lo que nos da la seguridad de que los pobres, los hambrientos, los que sufren y los marginados tienen un lugar reservado en las mesas del cielo.
Dios, que da generosamente y extiende misericordia, llama a su pueblo a hacer lo mismo (Lucas 6:30,36; 11:11–13). En la economía de Dios, prestar sin esperar devolución lleva a una gran recompensa (6:35).
La parábola del rico insensato en Lucas 12 ilustra el peligro de vivir de manera egoísta y pensar solo en el presente. Después de tener una cosecha abundante, el hombre construyó graneros más grandes, con la intención de «comer, beber y gozar de la vida» (v. 19). Sin darse cuenta de que su vida estaba llegando rápidamente a su fin, el rico insensato no pensó en honrar a Dios ni en compartir su riqueza con los demás.
La insensatez de este hombre no era su riqueza, sino su pobreza espiritual (v. 21). Las prioridades equivocadas lo prepararon para un día que nunca llegaría, y sin preparación alguna para la muerte, que inevitablemente llega para todos.
En un abrir y cerrar de ojos, el destino del hombre insensato cambió al entrar en la eternidad. La advertencia de Cristo es tan relevante hoy como en la época de Lucas: «¡Tengan cuidado! […] Absténganse de toda avaricia; la vida de una persona no depende de la abundancia de sus bienes» (Lucas 12:15).
Jesús desafía la mentalidad materialista que sigue impulsando la codicia humana y agravando la pobreza. La respuesta adecuada es proteger lo que más importa y tener cuidado con aquellas cosas que desvían el corazón.
La iglesia primitiva
Aunque la enseñanza de Lucas sobre la riqueza y la pobreza es menos explícita en el Libro de los Hechos, la nueva comunidad cristiana mostró cómo se da la bienvenida a todos y se practica la compasión.
El creyente que sigue las palabras de Moisés y de los Profetas actúa con justicia, cuida de los pobres y ama a su prójimo.
En el mundo griego, la gente pagaba cuotas para unirse a asociaciones religiosas o gremios, que cubrían cosas como gastos de festivales. La afiliación dependía principalmente de la capacidad de pagar que tenía cada persona.
En cambio, la fraternidad cristiana estaba abierta a todas las clases sociales. Aunque no había cuotas obligatorias, los nuevos convertidos a menudo daban con entusiasmo solo para honrar a su Salvador y ayudar a su prójimo.
La iglesia primitiva tomó en serio las palabras de Jesús, quien dijo: «Donde esté su tesoro, allí estará también su corazón» (Lucas 12:34). Hechos 2 describe a los creyentes llenos del Espíritu que vendían propiedades y compartían con aquellos en necesidad (v. 45).
Estos esfuerzos fueron tan exitosos que Hechos 4:34 dice, «no había ningún necesitado en la comunidad». Esto no significa que todos los cristianos se deshicieran de sus riquezas para vivir en pobreza. Probablemente vendían parcelas de tierra cuando surgían necesidades urgentes.
En Hechos 6, Lucas detalla el ministerio de la Iglesia hacia las viudas griegas y judías. En Hechos 11, después de que Ágabo profetizó sobre una gran hambre, los discípulos decidieron ofrendar para enviar ayuda de emergencia (versículos 28–30).
En todas estas cosas, los primeros cristianos vivieron lo que Jesús dijo: «Hay más dicha en dar que en recibir» (Hechos 20:35).
Un llamado a la compasión
La historia del hombre rico y Lázaro enfatiza el mensaje de Lucas de que los pobres y marginados son importantes para Dios.
Puede que no haya un Lázaro a la vista en este momento, pero en todas las comunidades hay personas que sufren. Según la Oficina del Censo de EE. UU., aproximadamente 1 de cada 10 estadounidenses experimentó pobreza durante 2024. El Grupo del Banco Mundial estima que 831 millones de personas en todo el mundo viven en pobreza extrema, subsistiendo con menos de 3 dólares al día.
Dios un día corregirá las injusticias y cambiará el destino de los fieles que sufren. Sin embargo, Su Iglesia ya puede enviar ayuda práctica a los lázaros del mundo.
Debemos recibir a los pobres como lo hizo la Iglesia primitiva. Esto requiere una cultura inclusiva que valore a las personas sin importar su nivel socioeconómico (Santiago 2:1–4).
Las congregaciones pueden eliminar los obstáculos que impiden la participación en la iglesia (por ejemplo, ofreciendo becas para viajes y campamentos de jóvenes); establecer una presencia cercana en barrios con dificultades económicas; y apoyar la fundación de iglesias en zonas urbanas y rurales desfavorecidas.
Las iglesias deben identificar y atender las necesidades materiales de los miembros. Imagine una comunidad de fe que haga realidad la visión de Moisés sobre la generosidad, de manera que todos tengan lo suficiente.
Incluso mientras buscamos la plenitud del Espíritu según Hechos 2:4, la evangelización que se describe en Hechos 2:41 y los milagros en Hechos 5:15, la bondad en Hechos 4:34 debería ser una meta de cada congregación.
Las iglesias también tienen la obligación de cuidar a la comunidad más allá de sus paredes. Esto podría incluir el alojamiento a personas sin hogar, ofrecer cuidado extraescolar gratuito, alimentar a los que tienen hambre a través de una despensa o un comedor, repartir útiles escolares, apoyar el cuidado de menores, ofrecer servicios de empleo y clases de preparación para el examen de equivalencia de la escuela secundaria (GED, por sus siglas en inglés), y ayudar a establecerse a familias refugiadas.
Los creyentes deberían tener la oportunidad de cultivar la compasión no solo a través de la generosidad, sino también mediante el servicio. Las congregaciones podrían poner en marcha iniciativas propias o colaborar con organizaciones benéficas, organizaciones paraeclesiásticas o entidades públicas.
Además de las iniciativas locales, las iglesias deberían contribuir a satisfacer necesidades en todo el mundo. Esto puede incluir las donaciones a proyectos misioneros y organizaciones humanitarias como Convoy of Hope. Los viajes misioneros a corto plazo permiten que los creyentes vean las necesidades de cerca y desarrollen un espíritu de ayuda.
Finalmente, los pastores deberían enseñar a su congregación a defender la justicia. Proverbios 31:8–9 dice: «¡Levanta la voz por los que no tienen voz! ¡Defiende los derechos de los desposeídos! ¡Levanta la voz y hazles justicia! ¡Defiende a los pobres y necesitados!».
Jesús habló en favor de Lázaro y de otros como él al contar la historia de este hombre pobre y al afirmar su valor ante los ojos de Dios, en medio de una cultura que trataba a esas personas como prescindibles.
Los cristianos deberían ser los primeros en rechazar los estereotipos perjudiciales, cuestionar los sistemas opresivos y apoyar la protección y la ayuda práctica a los más vulnerables.
Hay lázaros a nuestro alrededor, fuera de nuestras puertas y al otro lado del mundo. Algunos no tienen hogar. Otros sufren en silencio tras puertas cerradas.
Cada uno es un ser humano, hecho a imagen de Dios. Cada uno tiene un nombre, una historia y un alma eterna. El Señor ve y ama a quienes la sociedad rechaza. Nosotros también debemos verlos y amarlos.
Jesús sigue llamando a su Iglesia a acercarse a quienes sufren, a abrir las puertas, a brindar ayuda, a defender la justicia y mostrar Su compasión a un mundo necesitado.
Christina Quick es la redactora principal de la revista Influence.
Este artículo aparece en el número de verano de 2026 de la revista Influence.
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