Fieles hasta el final

Liderazgo con propósito en cada etapa del ministerio

Doug Clay on November 2, 2026

Recientemente, tuve el privilegio de hablar ante tres grupos muy diferentes durante la misma semana: pastores de jóvenes que recién inician su trayectoria ministerial, presbíteros ejecutivos con importantes responsabilidades de liderazgo y ministros jubilados que han servido fielmente durante décadas.

A pesar de sus diferentes etapas en el ministerio, había un hilo que unía a estos grupos. De una forma u otra, cada uno se preguntaba: ¿Cómo terminamos bien?

Los pastores de jóvenes querían saber cómo organizar un ministerio que perdure. Los presbíteros ejecutivos luchaban contra las presiones de liderar en tiempos cada vez más complejos. Los ministros jubilados reflexionaban sobre las alegrías y las decepciones de toda una vida de servicio.

Sus conversaciones me recordaron que, si bien las etapas del ministerio cambian, el llamado sigue siendo el mismo. Todo líder comienza con entusiasmo, pero no todos terminan con el mismo fervor.

Nuestra Fraternidad siempre ha celebrado el llamado de Dios. Nos regocijamos cuando hombres y mujeres responden a ese llamado, reciben sus credenciales, fundan iglesias y dedican sus vidas al avance del Reino.

Aunque esos son momentos que debemos celebrar, recibir una credencial no es la meta. Es el punto de partida. El mayor desafío es responder al llamado de Dios no solo una vez, sino cada día por el resto de nuestra vida.

Es humano desear el éxito en el ministerio. Pero a los ojos de Dios, la fidelidad es más importante que la fama. La fidelidad al llamado único de Dios es mucho más valiosa que los reconocimientos terrenales.

No todos los pastores dirigirán una iglesia grande. No todos los ministros escribirán libros, hablarán en conferencias o servirán en el liderazgo nacional. Pero cada uno de nosotros está llamado a la fidelidad.

Jesús nunca dijo: «Bien hecho, mi buen siervo exitoso». Él dijo: «Bien hecho, mi buen siervo fiel» (Mateo 25:23 NTV, énfasis añadido). En el cielo, la fidelidad es la medida del éxito.

Algunos de los ministros más destacados de las Asambleas de Dios predican fielmente en comunidades rurales, sirven en congregaciones pequeñas, discipulan a niños y estudiantes, visitan hospitales, oran con familias en tiempos de duelo y con humildad propagan el Reino, persona a persona.

Es posible que estos líderes se sientan ignorados, pero el cielo los tiene muy en cuenta. La fidelidad se manifiesta en su amor por Dios, su confianza en el Espíritu Santo, su compromiso con la comunidad, su mentalidad multiplicadora, su carácter y su mayordomía.

 

Amor por Dios

Un peligro sutil del ministerio a largo plazo es volvernos expertos en hacer la obra de Dios mientras, poco a poco, descuidamos nuestro caminar con Él.

Sabemos cómo preparar sermones, dirigir reuniones de la junta directiva y liderar servicios. Sin embargo, la actividad en el ministerio nunca puede reemplazar la intimidad con Cristo. La Iglesia necesita pastores con un corazón sensible ante Dios, no solo competentes ante las personas.

Jesús advirtió a la iglesia de Éfeso: «Has dejado tu primer amor» (Apocalipsis 2:4). A pesar de su sana doctrina y de una perseverancia encomiable, esta iglesia había perdido algo esencial: la búsqueda fiel de una relación personal con Dios.

 

Confianza en el Espíritu

La fidelidad al llamado único de Dios es mucho más valiosa que los reconocimientos terrenales.

Dios capacita a quienes llama. Nuestra herencia pentecostal nos recuerda que un ministerio eficaz no depende únicamente de la educación, la estrategia o la personalidad. Necesitamos el poder del Espíritu.

La unción para el ministerio no nos excusa de las disciplinas espirituales, sino que nos impulsa hacia ellas. Nos invita a profundizar en la oración, a comprometernos diariamente con las Escrituras, a practicar el arrepentimiento y a recordar los hábitos espirituales del día de reposo y el ayuno.

Estas disciplinas nos despojan de nosotros mismos y permiten que el Espíritu Santo nos llene con su poder.

 

Compromiso con la comunidad

Un ministerio fiel nunca se vive de manera aislada. Aunque el Espíritu Santo obra en cada persona, Él nos une para una misión mucho mayor que cualquier otra que pudiéramos lograr individualmente.

Una de las grandes fortalezas de las Asambleas de Dios siempre ha sido nuestra disposición a trabajar juntos. Ninguno de nosotros ministra solo.

Cada iglesia local forma parte de una misión más amplia. Cada misionero que apoyamos, cada iglesia que fundamos, cada estudiante que capacitamos, cada ministro al que certificamos y cada ciudad a la que llegamos requiere de una comunidad. El ministerio que procuramos realizar solo es posible si trabajamos juntos.

Dios está obrando de manera admirable en nuestra Fraternidad. Como parte de la familia de las Asambleas de Dios, los animo a orar por los pastores de su sección y distrito, a participar en las misiones y en la fundación de iglesias y a apoyar con gozo los ministerios de la Fraternidad.

 

Mentalidad multiplicadora

Una de las grandes responsabilidades en el ministerio es preparar a la próxima generación para que se levante y ocupe nuestro lugar.

El apóstol Pablo demostró claramente tener una mentalidad generacional. En 2 Timoteo 2:2, Pablo instruyó a Timoteo a enseñar el evangelio «a otras personas dignas de confianza que estén capacitadas para transmitirlas a otros» (NTV). Encontramos cuatro generaciones de discípulos en un solo versículo.

La preocupación de Pablo no era preservar su posición, sino multiplicar el alcance del evangelio. Al preparar a otros para el liderazgo, Pablo aumentó la fortaleza y la influencia de su obra ministerial.

Para terminar bien, enseñe a los ministros jóvenes. Ofrézcales oportunidades para aprender y liderar. Crea en ellos antes de que ellos crean plenamente en sí mismos. Luego, observe cómo se multiplica su ministerio.

 

Carácter

Para dejar a la próxima generación un ministerio que valga la pena continuar, debemos ofrecer más que oportunidades e instrucción. Los líderes jóvenes necesitan un ejemplo de carácter piadoso e integridad que puedan seguir.

En los últimos años, la Iglesia ha lamentado muchas historias de líderes talentosos cuyos ministerios terminaron en fracaso. El talento puede construir una plataforma, pero solo el carácter puede sostenerla.

Para ser un líder de carácter, debes proteger aquellas áreas que el enemigo busca destruir agresivamente: tu matrimonio, tus pensamientos, tus finanzas, tu forma de hablar y tu integridad.

La mayor amenaza para el ministerio es la falta de atención a nuestro corazón. Muchos ministros caen por no proteger las áreas en que son más vulnerables.

Salmos 139:23 presenta una de las oraciones más poderosas y a la vez más vulnerables de David: «Exáminame, oh Dios, y conoce mi corazón».

Ese tipo de vulnerabilidad ante el Señor es una postura decisiva para el ministerio.

 

Manejo responsable

Todo pastor es un administrador. Las iglesias a las que servimos no nos pertenecen, sino a Dios. El Señor nos entrega la responsabilidad de dejar estos ministerios espiritualmente más saludables, más comprometidos con la misión y mejor preparados para el futuro de lo que estaban cuando llegamos.

No podremos alcanzar esta meta sin entregar todo lo que somos y todo lo que tenemos a Dios —y sin enseñar a quienes guiamos a hacer lo mismo. Los mejores líderes nunca fomentan la dependencia en ellos mismos; mas bien fomentan la confianza en Cristo.

Al reflexionar en algunas conversaciones con ministros jóvenes, líderes ejecutivos y siervos de Dios jubilados, me di cuenta de algo hermoso. A los líderes más respetados en la historia de nuestra Fraternidad no los recordamos por su personalidad dinámica, sino por su fidelidad.

Amaban a Jesús. Amaban a las personas. Y amaban a las Asambleas de Dios.

Estos líderes nunca dejaron de predicar el evangelio, confiaron en el Espíritu Santo y sirvieron con humildad. Y al terminar su carrera, dejaron iglesias y ministerios saludables, líderes fuertes, testimonios poderosos y ejemplos dignos de seguir.

Mi oración por cada ministro que tiene credenciales de nuestra Fraternidad es que, al culminar su ministerio, se le recuerde no por lo que ha construido, sino por la fidelidad de su andar con Cristo.

Mi oración es que todos podamos decir juntamente con el apóstol Pablo: «He peleado la buena batalla, he terminado la carrera y he permanecido fiel» (2 Timoteo 4:7, NTV).

Que esta sea la historia de las Asambleas de Dios para las generaciones venideras.

 

Doug Clay es Superintendente General de las Asambleas de Dios.

 

Este artículo aparece en la edición de otoño de 2026 de la revista Influence.

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