El ministerio de la ausencia
Cómo el renunciar al control nos forma a nosotros y a quienes lideramos.
Este año cumplí 26 años de ministerio, 12 de ellos en mi iglesia actual. Cuando acepté la responsabilidad de pastora principal hace tres años, mi enfoque principal fue aprender a estar presente de una nueva manera.
Nuestra iglesia había pasado por una crisis de liderazgo y la partida repentina de un pastor muy querido que había servido a la congregación durante casi cuatro décadas.
No hubo oportunidad para una despedida adecuada, lo que dejó a los feligreses luchando por asimilar una transición dolorosa y difícil. Al desempeñarme primero como pastora interina y finalmente como pastora principal, me propuse de estar lo más presente posible. Durante esa etapa, la presencia importaba más que nunca.
Recientemente, tuve la necesidad de aprender algo completamente diferente: cómo estar ausente. Con la iglesia estabilizada tras esa intensa transición, había llegado el momento de tomar un año sabático muy necesario.
Mi preparación para ausentarme planteó preguntas que yo no había esperado. La transición al liderazgo no había sido fácil. No todos habían estado de acuerdo en que yo desempeñara ese papel, y parte de mi formación como nueva pastora principal había consistido en aprender a mantenerme fielmente presente incluso cuando mi presencia no siempre era bienvenida.
Al sentirme finalmente cómoda en el cargo, decidí ausentarme por un tiempo. Me preguntaba qué significaría mi ausencia. ¿La gente extrañaría mi presencia? ¿Descubrirían que no me necesitaban? ¿Algunos preferirían que no estuviera?
Había pasado tres años aprendiendo a estar presente. Ahora tenía que aprender si podía confiar lo suficiente en Dios como para estar ausente.
El ejemplo de Cristo
Mientras preparaba a sus discípulos para el momento en que iría a la Cruz y ascendería al Padre, Jesús pronunció unas palabras de gran impacto: «Pero digo la verdad: les conviene que me vaya» (Juan 16:7).
Los discípulos estaban afligidos y confundidos ante la idea de la partida de Jesús. ¿Cómo podían interpretar su partida como algo que no fuera una pérdida, un abandono y una crisis?
Hay momentos en la vida en los que la verdad y la experiencia no parecen conectarse. Este fue uno de ellos. Para los discípulos, la idea de la ausencia de Jesús se sentía como una pérdida. Pero mientras los discípulos seguían angustiados con la idea de la partida de Jesús, Él anticipaba la venida del Espíritu.
Eran interpretaciones diferentes de un mismo acontecimiento. Es comprensible que los discípulos se enfocaran en lo que la partida física del Señor les quitaría. Sin embarrgo, Jesús enfatizó lo que su partida les permitiría lograr. Mientras que sus discípulos solo pensaban en lo que estaban perdiendo, Jesús sabía lo que estaban ganando.
La pérdida dirige naturalmente nuestra atención hacia lo que está por terminar. Sin embargo, la vida de fe nos invita a plantearnos preguntas más profundas, como: ¿Qué está haciendo Dios? ¿Qué nuevas posibilidades podrían surgir más allá de lo que podemos ver en este momento?
Jesús utilizó una frase importante —«si no lo hago»— para ampliar los pensamientos de sus discípulos. Jesús dijo: «si no lo hago, el Consolador no vendrá a ustedes; en cambio, si me voy, se lo enviaré» (Juan 16:7).
La partida física del Señor no fue un imprevisto en relación con lo que vendría después. Era necesaria. Para que algo nuevo comenzara, algo tenía que terminar.
Los comienzos a menudo requieren finales. Las llegadas a veces comienzan con partidas. Y la ausencia puede crear espacio para un tipo diferente de presencia.
Esto puede ser difícil de aceptar. Al igual que los discípulos, queremos conservar la realidad que ya conocemos.
Los discípulos, naturalmente, deseaban tener a Jesús físicamente con ellos. Sin embargo, Jesús tenía algo más reservado para ellos. Habían conocido a Jesús a su lado. A través del Espíritu, conocerían la presencia de Dios dentro de ellos.
Como pentecostales, debemos considerar esta revelación. El Espíritu no es un premio de consuelo por la pérdida de la presencia física de Jesús, sino la promesa de la presencia de Dios entre nosotros. El Espíritu Santo es Mediador, Ayudador, Consolador, Consejero y Guía.
Jesús no estaba abandonando a sus discípulos. Mas bien, los estaba invitando a una dependencia más profunda del Espíritu. Ellos tendrían que aprender a escuchar, discernir, esperar y, finalmente, liderar sin que Jesús estuviera físicamente con ellos, confiando que el Espíritu que les había prometido vendría a morar en ellos.
Ciertamente, nosotros no somos Jesús, y nuestra ausencia no es lo mismo que Su ascensión. Sin embargo, el ejemplo del Señor plantea una pregunta importante sobre el ministerio. Si Jesús confió a sus seguidores al Espíritu, ¿no deberíamos crear espacio para que aquellos a quienes guiamos dependan del Espíritu?
La presencia fiel a veces requiere una ausencia intencional. El ministerio de la ausencia significa crear intencionalmente un espacio para que otros experimenten, disciernan y confíen por sí mismos en la presencia del Espíritu.
La ausencia no es solo para el bienestar del líder. Es una práctica de formación para toda la comunidad.
Dejar ir / Soltar
Nuestra cultura nos ha enseñado a no tolerar la ausencia. Incluso cuando estamos físicamente ausentes, podemos seguir presentes digitalmente a través de las redes sociales, el correo electrónico, los mensajes de texto, la retrasmisión y las notificaciones. Nos vamos físicamente, pero mentalmente permanecemos.
La tecnología nos tienta sutilmente a trascender nuestros límites y nos mantiene siempre disponibles, informados, conectados y receptivos.
La omnipresencia es un atributo de Dios, no una competencia pastoral. Somos criaturas con un cuerpo y finitas. Los líderes sensatos aceptan que hay conversaciones que no escucharemos, decisiones que no tomaremos, problemas que no resolveremos y momentos en los que no participaremos.
Los límites personales no son obstáculos para un ministerio eficaz, sino oportunidades para confiar en el Espíritu. No obstante, la naturaleza misma del ministerio puede acentuar nuestra resistencia ante esos límites. Las personas nos llama durante una crisis, nos consultan en busca de orientación y nos invitan a participar en algunos de los momentos más importantes de sus vidas.
Sin duda, este es un privilegio sagrado del ministerio. Sin embargo, con el tiempo, el hecho de que nos necesiten puede mezclarse con nuestra comprensión de la fidelidad. Comenzamos a interpretar la dependencia de ellos como evidencia de que estamos liderando bien.
Mi año sabático me recordó que mi presencia constante no es lo que sostiene a la iglesia. El Espíritu es quien la sostiene.
El ministerio de la ausencia significa crear intencionalmente un espacio para que otros experimenten, disciernan y confíen por sí mismos en la presencia del Espíritu.
La necesidad de un pastor de ser indispensable no siempre tiene su origen en el orgullo. A veces surge del deseo vulnerable de saber que nuestra presencia importa. Tiene raíces complejas en la identidad, la pertenencia, la afirmación, el miedo, el control y, sí, a veces el egocentrismo.
Distanciarnos puede revelar de dónde surge nuestra identidad. Si ya no soy yo quien responde la pregunta, resuelve el problema, predica el sermón o toma la decisión, ¿quién soy yo en esa comunidad? Si otra persona puede hacer lo que yo, y tal vez incluso manejar mejor algunas tareas, ¿qué dice eso de mi valor?
Esas preguntas nos incomodan, pero revelan con qué facilidad nuestro llamado puede confundirse con nuestra necesidad de ser reconocidos. El ministerio de la ausencia nos enfrenta a la diferencia entre ser valiosos y ser necesarios. Nuestro valor no depende de que se nos considere necesarios.
Es un asunto de formación espiritual. La acción de distanciarnos nos mueve a confiar en que Dios está obrando en lugares que no podemos ver, a través de personas que no podemos controlar, de maneras que no requieren nuestra participación.
La acción de soltar algo nos recuerda que el Espíritu no cesa su obra cuando salimos de la sala. Esta decisión orienta nuestra identidad, basándose no en lo necesarios que somos para la obra de Dios, sino en el hecho de que pertenecemos a Dios.
El problema no es que se nos considere necesarios. El liderazgo conlleva una responsabilidad real, y nuestra presencia importa. Pero hay una diferencia entre ser necesarios y ser indispensables.
Como pastora, las personas me necesitan. Sin embargo, no soy indispensable. Aprender la diferencia me libera para permanecer plenamente presente cuando se requiere mi presencia y fielmente ausente cuando no es así.
La ausencia no es abandono
Jesús no desapareció un día sin aviso alguno. Él preparó a sus discípulos para su partida, les dijo que ese momento sería, en última instancia, para beneficio de ellos.
Antes de la Ascensión, Jesús también les dio instrucciones sobre qué hacer después. En Hechos 1:4, Jesús dijo: «No se alejen de Jerusalén, sino esperen la promesa del Padre, de la cual les he hablado».
La partida del Señor fue intencional, pero también lo fue su preparación de aquellos a quienes dejaba. El ministerio de la ausencia no significa simplemente alejarse. Implica preparar a otros para lo que vendrá después.
Esto incluye delegar responsabilidades, establecer límites y rendición de cuentas, y otorgar a las personas la autoridad necesaria para liderar y ser claros sobre los límites de esa autoridad.
Antes de mi año sabático, planifiqué cómo funcionaría la iglesia en mi ausencia. Luego hice lo más difícil: confiar en que otros liderarían.
Ceder el control conlleva riesgos. Existe el riesgo de que otros lideren de manera diferente a como lo haríamos nosotros. Aprender a aceptar eso es parte de soltar las riendas.
También podría suceder que aquellos a quienes les confiamos responsabilidades cometan errores, tomen decisiones que requieran corrección o sobrepasen los límites establecidos. Al regresar de mi año sabático, me enfrenté a algunas de esas realidades.
No todo lo que sucedió en mi ausencia fueron cosas con las que pudiera estar de acuerdo. Sin embargo, nada de esto me convenció de que alejarme hubiera sido un error. Simplemente me recordó que puedo ceder el control sin renunciar a la responsabilidad.
A veces, una de la decisiones más formativas que podemos tomar como líderes es salir de la sala.
Mi ausencia no me eximió de mi responsabilidad como pastora principal. Cuando regresé, había asuntos que debía atender.
La preparación, la autoridad clara, los límites y la rendición de cuentas reducen el riesgo, pero no lo eliminan. Si insistimos en garantizar un resultado, nunca soltaremos el control.
Mi ausencia puso de manifiesto vulnerabilidades, pero también capacidades. Nuestra congregación fue testigo de fortalezas y dones de liderazgo que de otra manera tal vez no se hubieran hecho visibles. Las personas ocuparon puestos que permitieron que ellas, y la congregación, descubrieran los dones que Dios les había dado.
Al mismo tiempo, mi ausencia reveló algunas dificultades, límites poco claros y áreas en las que la capacidad de liderazgo aún estaba en desarrollo. Puso de relieve dónde era necesario aceptar una mayor responsabilidad y dónde las personas necesitaban más formación.
Jesús nos da el ejemplo por excelencia de cómo soltar. Sus discípulos no siempre entendían ni respondían como Él tal vez deseaba. Incluso antes de la Ascensión, los más cercanos a Jesús preguntaron sobre la restauración del reino a Israel. Seguían tratando de adaptar la obra de Dios conforme a sus propias expectativas y plazos. Jesús ascendió de todos modos.
Los discípulos aún tenían cosas que aprender, ideas preconcebidas a las cuales renunciar y un proceso de maduración por experimentar. Sin embargo, Jesús no esperó hasta que esa formación estuviera completa. Él les dio instrucciones, les prometió el Espíritu y delegó la misión a sus seguidores.
El crecimiento conlleva riesgo. Delegamos responsabilidades no porque las personas estén completas, sino porque ello es parte de la formación. Y la formación requiere revelación. No podemos formar lo que no vemos. La ausencia saca a la luz el ministerio.
Salir de la sala
Algunas cosas solo pueden formarse en nosotros cuando nos quedamos. Y otras solo pueden formarse en los demás cuando nos vamos.
Esto va más allá del delegar. Al delegar nos preguntamos: «¿Quién puede realizar esta tarea mientras yo no estoy?». La formación plantea la siguiente pregunta: «¿En qué tipo de persona podría convertirse alguien si le delego esta responsabilidad?».
Hay aspectos del liderazgo que las personas no pueden aprender por solamente observar. Estas lecciones requieren que las personas asuman la responsabilidad cuando el líder no está presente.
Durante mi año sabático, los miembros del equipo predicaron y enseñaron. Algunos enfrentaron situaciones tensas y desarrollaron una nueva comprensión del peso que conlleva el ministerio. Otros descubrieron en ellos mismos capacidades que no sabían que tenían.
Esta formación no se limitó a los miembros del personal. La congregación escuchó predicar a diferentes personas, vio el liderazgo de otros y aprendió que los dones que Dios otorgó en nuestra iglesia no se concentraban en una sola persona.
El ministerio de la ausencia puede formar una comunidad, al ampliar su capacidad para reconocer y recibir los dones del cuerpo en su totalidad. Cuando un líder ocupa menos espacio, otros se vuelven visibles de maneras inesperadas.
Jesús enseñó a sus discípulos a depender del Espíritu. Esto es lo que deseo para mi iglesia y para mí. Mi ausencia contribuyó a la formación de los fieles al demandar de ellos que confiaran en el Espíritu sin estar yo presente. Contribuyó a mi propia formación, al obligarme a confiar en el Espíritu juntamente con ellos.
Hay muchos líderes que no pueden tomar un período sabático prolongado. Sin embargo, el ministerio de la ausencia puede adoptar muchas formas. Puede significar que otra persona predique, invitar a otro líder a dirigir una reunión, permitir que otros tomen decisiones, desconectarse durante el tiempo libre o decidir no asistir a un evento para que otra persona pueda liderar.
El ministerio de la ausencia no se trata de cuánto tiempo estamos fuera. Es la disposición a crear un espacio que podríamos ocupar, confiándolo a otras personas y al Espíritu.
No podemos medir un liderazgo espiritual saludable únicamente por lo que sucede cuando entramos a la sala. A veces, la mejor medida es lo que sucede cuando salimos.
Jesús formó a sus discípulos a través de su presencia. Les enseñó, los corrigió, caminó con ellos y los amó. Pero, con el tiempo, la formación que el Señor les impartió también incluyó su ausencia física.
Al confiar sus discípulos al Espíritu, Jesús les dio espacio para que se convirtieran en las personas que Él había estado preparando durante años.
A veces, una de la decisiones más formativas que podemos tomar como líderes es salir de la sala.
Una cuestión de confianza
Cuando me fui de año sabático, sentí más incertidumbre sobre mi ausencia de lo que esperaba. Después de tres años de mantenerme fielmente presente durante una transición difícil, alejarme requirió otro tipo de confianza.
Había trabajado arduamente para adaptarme a un papel que no siempre había desempeñado con facilidad. Ahora tenía que dejarlo por un tiempo sin saber qué revelaría mi ausencia acerca de la iglesia, de aquellos a quienes dirigía y de mí misma.
Lo que descubrí no fue que mi presencia no importara, sino que mi presencia no tenía que ser constante para ser importante.
Nuestra iglesia siguió adelante. Los líderes cuidaron de las personas, predicaron la Palabra y aceptaron responsabilidades que no habían desempeñado antes. Los dones se hicieron visibles. Se tomaron decisiones difíciles. Y a lo largo de todo eso, el Espíritu estuvo presente.
Quizás más que nadie en la congregación, yo necesitaba aprender esa lección. Había pasado años confiando en que el Espíritu obraría a través de mi presencia. Ahora necesitaba aprender a confiar en Su obra a través de mi ausencia.
El ministerio de la ausencia no disminuye la importancia de la presencia fiel. Jesús estuvo fuertemente presente para sus discípulos. Caminó con ellos, les enseñó, los corrigió, los escuchó y los amó. Pero su amor por ellos no requería que permaneciera físicamente presente. Finalmente, los encomendó al Espíritu, quien los capacitó para realizar la obra del Reino.
Dios llama a quienes lideramos a tener el mismo tipo de confianza. Habrá temporadas en las que la fidelidad nos exijirá quedarnos, estar presentes, aceptar responsabilidades y permanecer ahí incluso cuando sea difícil. También habrá momentos en los que la fidelidad nos exijirá soltar las riendas, dar un paso al costado y confiar en que el Espíritu está obrando más allá del alcance de nuestra presencia.
Después de tres años de practicar el ministerio de la presencia de una nueva manera, aprendí a estar ausente. Ambos requieren confianza. Ambos pueden ser actos de amor. Y, en las manos del Espíritu, ambos pueden convertirse en ministerios de formación.
Stephanie Nance, D.Min., es pastora principal de la Chapel Springs Church (AD) en Bristow, Virginia.
Este artículo aparece en la edición de otoño de 2026 de la revista Influence.
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