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Cómo predicar a una congregación dividida

Siete preguntas para la preparación del sermón

Desde la primera emisión televisiva en horario de máxima audiencia, en 1965, el discurso presidencial sobre el estado de la Unión se ha convertido en un espectáculo muy visto de la política, apretones de manos, vítores y aplausos, junto con algunos abucheos y expresiones de indignación. Hay momentos de unidad y signos de animadversión.

Algo que llama especialmente la atención es la división en la cámara del Congreso. Tradicionalmente, los asistentes republicanos se sientan en un lado y los demócratas en el otro.

La iglesia se siente así cada vez más. Cuando los pastores miran a sus congregaciones, muchos observan un santuario dividido: congregantes separados, metafórica y espacialmente, por la política, la raza, la etnia y la situación socioeconómica, entre otras cosas.

Esto rompe el corazón de Dios y empaña el testimonio de la iglesia ante el mundo.

¿Cómo puede usted predicar sermones que desarmen las divisiones y fomenten la reconciliación y la unidad? Empiece por hacerse siete preguntas preparatorias antes de subir al púlpito.

 

1. La cuestión teológica

La cuestión teológica es esta: ¿Qué dice la Biblia sobre la reconciliación?

La reconciliación está en el centro del Evangelio y, de hecho, de toda la Biblia. Por lo tanto, exhortar a las personas a reconciliarse con Dios y entre sí es fundamental para la predicación bíblica.

Los sesenta y seis libros de la Biblia constituyen una narración reconciliadora. Es útil pensar en ella como cinco movimientos: El creador, la primera creación, la alienación, la reconciliación y la creación final.

Génesis 1 presenta al Dios creador en los dos primeros versículos:

En el principio, Dios creó los cielos y la tierra. La tierra no tenía forma y estaba vacía, y la oscuridad cubría las aguas profundas; y el Espíritu de Dios se movía en el aire sobre la superficie de las aguas.

 Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo han disfrutado eternamente de una comunión perfecta y armoniosa. El Dios trino creó el mundo, y era bueno. De hecho, Génesis 1 declara siete veces «bueno» el orden creado.

El mundo era perfecto, puro y armonioso. Pero no permaneció en ese estado. En Génesis 3, Adán y Eva se rebelaron contra el mandato de Dios, lo que introdujo disfunciones en sus relaciones con Dios y entre ellos. Y en Génesis 4, la ira, el conflicto y la violencia resultantes tuvieron resultados trágicos: «Caín atacó a su hermano Abel y lo mató» (versículo 8, ntv).

El pecado está en la raíz de todo lo que nos aqueja hoy: el orgullo, la rebelión, la disfunción, la división, la injusticia, la crueldad y la violencia.

 

La creación de Dios y los portadores de su imagen fueron dañados. El pecado está en la raíz de todo lo que nos aqueja hoy: el orgullo, la rebelión, la disfunción, la división, la injusticia, la crueldad y la violencia.

Afortunadamente, la historia no termina ahí. Dios inició una misión para reclamar, reconciliar y hacer todo nuevo. En Génesis 12:3, hizo una promesa a Abraham que finalmente se cumplió en la encarnación, vida, muerte y resurrección de Jesús.

Según Colosenses 1:19-20, «Dios, en toda su plenitud, le agradó vivir en Cristo, y por medio de él, Dios reconcilió consigo todas las cosas. Hizo la paz con todo lo que existe en el cielo y en la tierra, por medio de la sangre de Cristo en la cruz».

Dios también busca reconciliar a las personas entre sí. Jesús lo demostró al derribar «el muro de hostilidad» entre judíos y gentiles (Efesios 2:14). Como explicó el apóstol Pablo, el propósito de Dios era «crear de los dos grupos un nuevo pueblo en él. Cristo reconcilió a ambos grupos con Dios en un solo cuerpo por medio de su muerte en la cruz, y la hostilidad que había entre nosotros quedó destruida» (versículos 15-16).

Esto nos lleva al último movimiento: la creación final. La historia redentora concluirá con el Edén restaurado y el nuevo cielo bajando a la nueva tierra. La reconciliación será completa y la prosperidad perdurará para siempre.

Mientras tanto, la misión de la iglesia de llevar a las personas a una relación correcta con Dios (la reconciliación vertical) es también una misión para abordar la división y la hostilidad humana (la reconciliación horizontal).

Entre los deseos de «la naturaleza pecaminosa» en Gálatas 5, Pablo enumera: «hostilidad, peleas, celos, arrebatos de furia, ambición egoísta, discordias, divisiones y envidia» (versículos 20-21,). «La clase de fruto que el Espíritu Santo produce en nuestra vida es: amor, alegría, paz, paciencia, gentileza, bondad, fidelidad, humildad y control propio» (versículos 22-23).

Primera de Juan 4:20 dice: «Si alguien dice: «Amo a Dios», pero odia a otro creyente, esa persona es mentirosa pues, si no amamos a quienes podemos ver, ¿cómo vamos a amar a Dios, a quien no podemos ver?»

Antes de predicar, pregúntese qué dice el texto sobre la reconciliación vertical y horizontal.

 

2. La cuestión contextual

Por supuesto, unir a la gente rara vez es tan fácil como idear cuatro puntos y un título pegadizo. Los conflictos humanos son espinosos y complejos. Eso nos lleva a la cuestión del contexto: ¿Qué hay detrás de nuestras divisiones específicas?

Todo el mundo llega a la iglesia con un pasado. Aunque el pasado no tenga un impacto inmediato en el presente, perdura en la mente, el corazón y las experiencias.

Por esta razón, debemos considerar cómo nuestras propias historias, los antecedentes de nuestros congregantes y las historias de nuestras iglesias y comunidades pueden promover o dificultar la unidad.

La experiencia nos da forma, de manera individual y colectiva. Afecta a la imagen que tenemos de nosotros mismos y a nuestra percepción de los demás.

Antes de predicar, reflexione sobre cómo el pasado puede haber contribuido a las divisiones actuales en la congregación. ¿Qué fracturas se han producido? ¿Qué cuestiones teológicas, ministeriales o socioculturales han sido las más polarizadas para su iglesia? ¿Han provocado desavenencias e incluso divisiones?

Sin embargo, recuerde que la historia es una perspectiva. La historia suele cambiar según quién la cuente, especialmente cuando se trata de un conflicto. Por eso es importante escuchar más de una perspectiva.

Antes de predicar a los congregantes, escúchelos. Escuche sus historias, sus heridas y sus corazones. Entonces, cuando suba al púlpito, estará mejor preparado para contextualizar la historia bíblica de la reconciliación y construir puentes de unidad entre los puntos de separación.

Esto no significa que debe permitir los chismes, soportar las falsas enseñanzas o complacer a los alborotadores. Muchas de las divisiones en nuestra sociedad, y en nuestras iglesias, surgen debido al orgullo. Lea los comentarios de una publicación controvertida en las redes sociales, y probablemente verá más arrogancia y rencor que humildad y buena voluntad. La gente quiere tener razón, y a menudo está dispuesta a armarse con cualquier cosa e ir a la guerra por ello.

El mundo de la iglesia no es una excepción. Los cristianos pueden atrincherarse tanto en sus costumbres que convierten en ídolos las tradiciones y opiniones que poco tienen que ver con las Escrituras. Desde las conversaciones sobre música hasta los desacuerdos sobre la política, las disputas frívolas en el cuerpo de Cristo desvían la misión de formar discípulos.

No se trata de un reto nuevo. En su primera carta a los Corintios, Pablo sintió la necesidad de abogar por el fin de la división:

Amados hermanos, les ruego por la autoridad de nuestro Señor Jesucristo que vivan en armonía los unos con los otros. Que no haya divisiones en la iglesia. Por el contrario, sean todos de un mismo parecer, unidos en pensamiento y propósito. Pues algunos de la casa de Cloé me contaron de las peleas entre ustedes, mis amados hermanos (1 Corintios 1:10-11, ntv).

¿Cuál era el conflicto en la iglesia de Corinto? Pablo continuó explicando: «Algunos de ustedes dicen: “Yo soy seguidor de Pablo”. Otros dicen: “Yo sigo a Apolos” o “Yo sigo a Pedro”, o “Yo sigo únicamente a Cristo”» (versículo 12).

Unir a la gente rara vez es tan fácil como idear cuatro puntos y un título pegadizo. Los conflictos humanos son espinosos y complejos.

Divisiones. Facciones. Camarillas. Contiendas. La necesidad de tener la razón, incluso a expensas del avance del evangelio. Los corintios estaban debatiendo a qué ministro seguir, en vez de formar seguidores de Cristo. En vez de procurar la «perfecta unidad» por la que Jesús había orado (Juan 17:23), los miembros de la iglesia se entregaban a intereses egoístas. Como resultado, estaban perdiendo el enfoque en su razón de ser.

Tal vez usted se sienta identificado con la frustración de Pablo cuando desafío a los corintios:

¿Acaso Cristo está dividido en facciones? ¿Fui yo, Pablo, crucificado por ustedes? ¿Fue alguno de ustedes bautizado en el nombre de Pablo? ¡Por supuesto que no! Agradezco a Dios que no bauticé a ninguno de ustedes excepto a Crispo y a Gayo, porque ahora nadie puede decir que fue bautizado en mi nombre. (Ah, sí, también bauticé a los de la casa de Estéfanas, pero no recuerdo haber bautizado a nadie más). Pues Cristo no me envió a bautizar sino a predicar la Buena Noticia, y no con palabras ingeniosas, por temor a que la cruz de Cristo perdiera su poder. (1 Corintios 1:13-17).

Pablo llamó a estas disputas por lo que eran. «Todavía están bajo el control de su naturaleza pecaminosa», escribió. «Tienen celos unos de otros y se pelean entre sí. ¿Acaso eso no demuestra que los controla su naturaleza pecaminosa? ¿No viven como la gente del mundo? Cuando uno de ustedes dice: “Yo soy seguidor de Pablo” y otro dice: “Yo sigo a Apolos”, ¿no actúan igual que la gente del mundo?» (1 Corintios 3:3-4, ntv).

En otras palabras, los cristianos de Corinto estaban luchando con algunas de las mismas disfunciones relacionales que la gente del mundo. ¿Le resulta familiar?

Sin embargo, Pablo recordó a los corintios su sobria responsabilidad como miembros de la iglesia de Cristo: «¿No se dan cuenta de que todos ustedes juntos son el templo de Dios y que el Espíritu de Dios vive en ustedes? Dios destruirá a cualquiera que destruya este templo. Pues el templo de Dios es santo, y ustedes son este templo» (1 Corintios 3:16-17).

¿Qué rencillas, ídolos y problemas de orgullo están impidiendo que su iglesia cumpla con el propósito del Reino? ¿Cuál es la historia y el contexto de esos problemas?

Cuando haya desacuerdos, reconózcalos, hable de ellos y ore por ellos. Luego, entréguelos al Señor como familia de la iglesia para que pueda concentrarse en lo que más importa: conocer y compartir «a Jesucristo, el que fue crucificado» (1 Corintios 2:2).

 

3. La cuestión personal

Los ministros no son inmunes a las actitudes, palabras y acciones pecaminosas que contribuyen a la división. Debido a que vivimos en un mundo caído, el propio evangelio a veces causa ofensa (Mateo 13:57; 15:12; Marcos 6:3; Gálatas 5:11). Pero eso no nos da permiso para ser innecesariamente ofensivos. Las Escrituras nos recuerdan que debemos decir la verdad con amor (Efesios 4:15).

Por eso, los predicadores deben considerar cuidadosamente la pregunta personal: ¿Cuál es la condición de mi corazón?

Todos tenemos puntos ciegos personales (Salmos 19:12). Sin embargo, Dios quiere madurar y transformarnos a la imagen de Cristo (2 Corintios 3:18).

En Salmos 51, una de las mayores oraciones penitenciales de toda la Escritura, proporciona un modelo útil para la renovación.

El salmista comenzó reconociendo el carácter majestuoso de Dios: su misericordia, su amor y su compasión (versículos 1-6).

Al mismo tiempo, el salmista reconoció su propia pecaminosidad y la necesidad de la ayuda y el perdón de Dios (versículos 7-15). Oró: «Quita la mancha de mi culpa. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio y renueva un espíritu fiel dentro de mí» (versículos 9-10).

Mientras usted busca la unidad en su iglesia, pídale a Dios que le revele el pecado en su vida que puede estar causando fracturas relacionales. El Espíritu Santo puede poner de relieve las áreas que necesitan atención de varias maneras, incluso a través del tiempo de devoción o a través de la orientación de un mentor o consejero cristiano.

La corrección puede venir incluso de una persona ofendida que pone de manifiesto un comportamiento discordante. Una broma irreflexiva durante un sermón o un comentario hostil en las redes sociales pueden obstaculizar la construcción de la comunidad y la comunicación del Evangelio.

Mantenga la humildad, examine su corazón, acepte las opiniones y busque el perdón de Dios y de los demás cuando se equivoque.

Si esperamos cultivar una atmósfera de paz y unidad, debemos permanecer adoradores, arrepentidos y amorosos.

Pablo alentó el autoescrutinio e invitó a los demás a considerar su vida y su ejemplo: «Examínense para saber si su fe es genuina. Pruébense a sí mismos. Sin duda saben que Jesucristo está entre ustedes; de no ser así, ustedes han reprobado el examen de la fe genuina. Al ponerse a prueba, espero que reconozcan que nosotros no hemos reprobado el examen de la autoridad apostólica» (2 Corintios 13:5-6).

Unos versículos más adelante, Pablo escribió: «Amados hermanos, termino mi carta con estas últimas palabras: estén alegres. Crezcan hasta alcanzar la madurez. Anímense unos a otros. Vivan en paz y armonía. Entonces el Dios de amor y paz estará con ustedes» (2 Corintios 13:11, ntv).

Si esperamos cultivar una atmósfera de paz y unidad, debemos permanecer adoradores, arrepentidos y amorosos.

En las últimas líneas del salmo 51, el salmista parece mirar a la nación en su conjunto, pidiéndole a Dios «mira a Sion con tu favor» y que se agrade en «los sacrificios orecidos con un espíritu correcto» (versículos 18-19, nvi).

La última petición del salmista se refiere a las comunidades que dan vida y a las relaciones responsables. Proviene de un líder que se ha tomado el tiempo de asegurarse de que su corazón esté bien ante Dios y los demás.

 

4. La cuestión posicional

Somos heraldos, no cambiadores de corazones. Dios es el que restaura las relaciones y sana a los quebrantados.

Pablo escribió: «Y mi mensaje y mi predicación fueron muy sencillos. En lugar de usar discursos ingeniosos y persuasivos, confié solamente en el poder del Espíritu Santo. Lo hice así para que ustedes no confiaran en la sabiduría humana sino en el poder de Dios» (1 Corintios 2:4-5, ntv).

El trabajo del predicador es entregar la Palabra de Dios en el poder del Espíritu Santo, en vez de obsesionarse con la respuesta de la congregación o de inventarla. Debemos tener esto en cuenta cuando hacemos la pregunta de posición: ¿De qué resultado soy responsable?

La iglesia estadounidense actual suele preocuparse por los resultados medibles, como la asistencia, los bautismos, las respuestas al altar y las ofrendas. No hay nada malo en el deseo de que la iglesia crezca.

Pero en lugar de centrarse en atraer a más gente, generar más entusiasmo, recaudar más dinero o incluso arreglar más problemas relacionales, quizás sea el momento de que los predicadores busquen más al Espíritu Santo y confíen en Dios para los resultados.

Cuando se trata de predicar, debemos confiar en el Espíritu Santo. El Espíritu que inspiró toda la Escritura (2 Timoteo 3:16) y que ungió a Cristo para predicar la buenas nuevas (Lucas 4:18) nos capacita para dar testimonio de su verdad (Hechos 1:8).

El Espíritu es el que produce la convicción de pecado (Juan 16:8; 1 Tesalonicenses 1:5). Sin embargo, las personas tienen libre albedrío y pueden responder positiva (Hechos 2:37-41) o negativamente (Hechos 7:54-58) al Espíritu Santo.

Entonces, ¿cuál es su responsabilidad? Como le dijo Pablo a Timoteo: «Esfuérzate para poder presentarte delante de Dios y recibir su aprobación. Sé un buen obrero, alguien que no tiene de qué avergonzarse y que explica correctamente la palabra de verdad» (2 Timoteo 2:15). Este es su llamado y el resultado por el cual será responsable.

Usted no puede determinar cómo alguien responderá a su predicación. Sin embargo, puede someterse al Espíritu Santo en todas las cosas, incluso en sus interacciones con los demás. Al fin y al cabo, «Un siervo del Señor no debe andar peleando, sino que debe ser bondadoso con todos, capaz de enseñar y paciente con las personas difíciles» (2 Timoteo 2:24).

Una postura de siervo y un corazón de pastor contribuirán en gran medida a demostrar la verdad de lo que se predica.

 

5. La cuestión metodológica

Cuando se trata de una división, los líderes suelen centrarse en las diferencias. Hay un camino mejor.

Usted no debe resolver cada área de desacuerdo. En vez de eso, hágase esta pregunta: ¿Cómo podemos avanzar sobre la base de compromisos compartidos?

Pero en lugar de centrarse en atraer a más gente, generar más entusiasmo, recaudar más dinero o incluso arreglar más problemas relacionales, quizás sea el momento de que los predicadores busquen más al Espíritu Santo y confíen en Dios para los resultados.

En vez de martillar a los feligreses por sus diferencias, recuérdeles a menudo que están unidos en Cristo. Hable en sus sermones de las doctrinas y compromisos compartidos.

Empiece por lo básico. Jesús nos dio dos grandes mandamientos en Mateo 22:36-40 y Marcos 12:30-31, diciendo a sus seguidores que amaran a Dios completamente y que amaran a su prójimo como a sí mismos. Estos no son principios independientes. Son mandatos simultáneos y superpuestos para los seguidores de Cristo. Como señala 1 Juan 4:21, «…los que aman a Dios deben amar también a sus hermanos creyentes».

Dios no nos llamó a amar la división. Nos llamó a amarnos unos a otros. Cuando estamos de acuerdo con esa verdad, nuestras diferencias no deben impedir que nos unamos para hacer avanzar el Reino.

Del mismo modo, la Gran Comisión de Mateo 28:18-20 estipula las órdenes de Jesús para que sus discípulos vayan, enseñen y bauticen. Esto implica dejar nuestros lugares de comodidad, declarar el evangelio de la reconciliación y traer a los de afuera a la familia de Dios.

En la cultura actual, fracturada y conflictiva, es fácil que la gente se obsesione con los puntos de desacuerdo. Pero la predicación bíblica reorienta a los seguidores de Cristo hacia su misión compartida.

 

6. La cuestión práctica

Estando todos de acuerdo con los fundamentos, queda la sexta pregunta: ¿Qué medidas prácticas puedo tomar para conducir a la iglesia hacia la reconciliación?

Empiece por comprender los prejuicios y dejar que la gente diga lo que piensa.

En The Leader's Guide to Unconscious Bias, los autores observan: «Ser humano es tener prejuicios». Todos luchamos con prejuicios conscientes e inconscientes. Ambos contribuyen a que las interacciones interpersonales con nuestros congregantes y líderes no sean saludables.

De forma natural, gravitamos hacia las personas que son como nosotros, en términos de raza, etnia, estatus socioeconómico, creencias, intereses, persuasión política, etc. Los científicos sociales llaman a esta tendencia el sesgo de afinidad.

Este comportamiento puede ser problemático, especialmente para los líderes de la iglesia. Si todo el mundo en su órbita es igual que usted, limitará la eficacia de su ministerio.

¿Su grupo de amigos es racial y étnicamente diverso u homogéneo? ¿Se relaciona usted con líderes cristianos de otras denominaciones o los mira con recelo? ¿Responde amablemente a los que no están de acuerdo con usted, o los vilifica? ¿Escucha tanto como habla, o pasa usted por arriba de la gente para conseguir su objetivo?

Pídale al Espíritu Santo que le ayude a eliminar los prejuicios y a ver a las personas como Él las ve: individuos a los que Dios ama y a los que Jesús vino a salvar (Juan 3:16).

Además, esté dispuesto a facilitar conversaciones difíciles. Muchos líderes de la iglesia dudan en permitir el desacuerdo público entre los congregantes. Es comprensible que nos guste la previsibilidad de los entornos controlados. Los foros abiertos son arriesgados.

Sin embargo, existen entornos adecuados para que los cristianos hablen de sus diferencias. Algunos ejemplos son los grupos pequeños, las reuniones de líderes o las reuniones públicas de las iglesias.

Crear un espacio para que los miembros de la iglesia conversen sobre las áreas de desacuerdo requiere oración y una cuidadosa planificación. Establezca desde el principio las reglas básicas para estas sesiones. Decir la verdad en amor no es una licencia para calumniar a otra persona. La humildad, la amabilidad, la gentileza y la caridad son esenciales.

Debe destacar que no hay lugar para el lenguaje odioso o la difamación de la personalidad. Debe destacar el discurso y el comportamiento pecaminoso, incluyendo el racismo, la xenofobia, el sexismo, la discriminación por edad y el orgullo, y animar al arrepentimiento.

A medida que usted defienda la rectitud y la justicia, los miembros de la iglesia aprenderán a hacer lo mismo.

 

7. La cuestión categórica

Finalmente, llegamos a la pregunta categórica: ¿Qué temas y textos bíblicos abordan nuestra división?

La Biblia tiene mucho que decir sobre los pecados que nos dividen y el deseo de Dios de que haya unidad en la Iglesia. Incluya estos textos en sus sermones. Destaque los temas bíblicos del aislamiento, el pecado, la expiación y la reconciliación, y hable de cómo se aplican a las divisiones que hay en su congregación, comunidad y cultura.

Una postura de siervo y un corazón de pastor contribuirán en gran medida a demostrar la verdad de lo que se predica.

No tenga miedo de predicar sobre temas delicados. Sin embargo, es posible que primero quiera buscar la opinión de colegas pastorales o compañeros de ministerio de confianza que hayan navegado por estos temas.

Aunque todas las Escrituras son inspiradas por Dios y útiles, algunos pasajes son más aplicables a un tema determinado que otros. Usando el ejemplo del clasismo, usted podría hacer una exegesis 1 Samuel 16:7, Nehemías 5, Mateo 6:1-4, o Santiago 2:1-17. Considere en oración cuál es el texto que más se ajusta a su situación, y luego profundice en él.

 

El ministerio de la reconciliación

Algunos cristianos se preguntan si la reconciliación es necesaria. ¿Por qué no podemos optar por seguir caminos separados sin conversar?

El Evangelio nos da la respuesta, recordándonos que la reconciliación está en el centro de la misión de Dios.

Pablo lo expresa así en 2 Corintios 5:17-19:

Esto significa que todo el que pertenece a Cristo se ha convertido en una persona nueva. La vida antigua ha pasado; ¡una nueva vida ha comenzado! Y todo esto es un regalo de Dios, quien nos trajo de vuelta a sí mismo por medio de Cristo. Y Dios nos ha dado la tarea de reconciliar a la gente con él. Pues Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando más en cuenta el pecado de la gente. Y nos dio a nosotros este maravilloso mensaje de reconciliación.

Mientras predicamos el mensaje de la reconciliación, indicando a los pecadores que se reconcilien con Dios, también debemos ayudar a las personas a reconciliarse entre sí.

Considere lo que dice Colosenses 3:13-15 sobre la unidad:

Sean comprensivos con las faltas de los demás y perdonen a todo el que los ofenda. Recuerden que el Señor los perdonó a ustedes, así que ustedes deben perdonar a otros. Sobre todo, vístanse de amor, lo cual nos une a todos en perfecta armonía. Y que la paz que viene de Cristo gobierne en sus corazones. Pues, como miembros de un mismo cuerpo, ustedes son llamados a vivir en paz.

La reconciliación con los demás no es opcional. Requiere el amor, la gracia y la humildad que provienen de escuchar y responder al mensaje de reconciliación.

Solo Dios puede transformar los corazones. Pero los sermones que usted predica pueden señalar a la gente la necesidad de arrepentirse de los pecados, extender el perdón y dejar de lado el deseo de ganar discusiones que no tienen importancia eterna.

Predicar a una congregación dividida y llamar a la gente a la unidad forma parte del ministerio de la reconciliación.

Para dar testimonio a un mundo incrédulo, los cristianos deben reconciliarse entre sí. Jesús dijo: «El amor que tengan unos por otros será la prueba ante el mundo de que son mis discípulos» (Juan 13:35).

 

MATT D. KIM, Ph.D., es el Profesor George F. Bennett de Predicación y Teología Práctica y director del Centro Haddon W. Robinson para la Predicación en el Seminario Teológico Gordon-Conwell. Es coautor de Preaching to a Divided Nation.

PAUL A. HOFFMAN, Ph. D., es pastor principal de Evangelical Friends Church in Newport, Rhode Island, y profesor adjunto en el Seminario Teológico Gordon-Conwell y en el Barclay College. Es autor de Reconciling Places y coautor de Preaching to a Divided Nation.

 

 

Este artículo aparece en el verano 2022 de la revista Influence.

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