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Adán, Abraham y el Apocalipsis

Una teología bíblica de la raza

En Estados Unidos el tema de la raza es polémico. Nos desafía a pensar en nosotros mismos, en nuestra identidad y en las experiencias de las comunidades marginadas.

La violencia racial nos recuerda que Estados Unidos continúa teniendo un problema que afecta a las razas. En 2020, fuimos testigos de un clamor público a través de marchas, protestas y vigilias. Había un deseo de exponer el racismo en todas sus formas y construir una sociedad más inclusiva y equitativa.

Para muchas personas, como yo, la raza moldea la identidad. Ciertamente, también soy un hijo de Dios y un creyente pentecostal. He nacido del Espíritu y estoy conectado a la familia de Dios que trasciende las fronteras nacionales y raciales.

Pero también vivo en un mundo en el que la gente no puede ver mi identidad pentecostal del mismo modo que ve mi identidad racial. La raza aparece cada vez que conduzco mi coche, ando por la calle o entro en una tienda. La raza está a mi alrededor. Esta realidad ineludible forma parte de mi vida cotidiana al ser parte de una minoría en Estados Unidos.

Como estudioso del Nuevo Testamento especializado en raza y etnicidad en la antigüedad, sé que la Biblia tiene mucho que decir sobre estos temas. La Biblia es una larga conversación sobre el evangelio redentor para todas las razas.

Hoy en día, la palabra «raza» evoca fenotipos, como el color de la piel o el pelo. En la antigüedad, la gente entendía más la raza en términos de la patria, la cultura, la genealogía, la lengua e incluso la religión.

Pero ¿qué dice la Biblia sobre la raza y la etnia? ¿Qué guía podemos encontrar en las Escrituras para navegar por los desafíos de la justicia racial a los que nos enfrentamos hoy en día? Para responder a estas preguntas, tenemos que empezar por el principio.

La raza y la creación

El relato de la creación no solo describe el principio del universo, sino también nuestra humanidad y orígenes comunes.

Toda persona de cualquier raza tiene la imagen de Dios metida en su ser (Génesis 1:26–27). La Biblia enseña el valor humano inherente, independientemente del color de la piel o la cultura.

Poco después de la creación, aparecieron las diferencias raciales y los grupos diversos. Esto no es algo malo, como si la diversidad racial fuera algo a evitar. Este siempre ha sido el plan de Dios para la humanidad.

El primer mandamiento que Dios dio a Adán y Eva fue el de ser fructíferos, multiplicarse y llenar la tierra (Génesis 1:28). En otras palabras, los humanos debían establecer familias, comunidades y naciones.

Así, aunque seamos racialmente diferentes, todos somos descendientes de la misma familia humana, y nuestras diferencias forman parte del orden creado por Dios.

Después de Adán, las naciones se desarrollaron y se extendieron por toda la tierra (Génesis 5:1–32; 10:32). Hoy en día, no siempre vemos las genealogías bíblicas con interés. Pero en la antigüedad, las genealogías ayudaban al pueblo de Dios a comprender su identidad.

Las genealogías preservaban la historia de los grupos humanos y consolidaban los derechos y las herencias de las personas. Hicieron reflexionar a la gente sobre sus límites raciales, al tiempo que reconocían su identidad común como descendientes.

A partir de Génesis, la Biblia deja claro que todas las personas forman parte de la creación de Dios. Por desgracia, algunos han utilizado las genealogías para propagar falsas teorías sobre la inferioridad de ciertos grupos raciales y étnicos.

Por ejemplo, George Best, un capitán de barco inglés del siglo XVI, citó la maldición de Canaán y sus descendientes en Génesis 9:20–27 para promover ideas racistas y antibíblicas sobre los pueblos de África. Trágicamente, tales argumentos popularizaron entre quienes buscaban justificar los males de la esclavitud.

No reconocer la diversidad como parte del plan de Dios conduce a un grave error. Hay muchos grupos raciales en todo el mundo, cada uno con sus propias costumbres e idioma. Esto atestigua la belleza de la creación de Dios y el valor de las diferencias.

Dado que todos tenemos el mismo Creador, esto también significa que Dios ama y cuida de todos, independientemente de la raza, la etnia u otras diferencias (Efesios 4:6). Esta convicción impulsó el celo misionero de Pablo. En su discurso a los atenienses, Pablo dijo: «De un solo hombre hizo todas las naciones para que habitaran toda la tierra» (Hechos 17:26 nvi).

La Biblia, por tanto, afirma nuestra conexión común a través de la creación, y debería impulsar nuestra preocupación por los demás.

El racismo y la caída

Por supuesto, Génesis nos dice que el pecado entró en el mundo y estropeó la creación de Dios (Génesis 3:1–24). El primer pecado fracturó las relaciones dentro de la primera familia, lo que provocó la primera muerte.

Esto es lo que hace el pecado. Distorsiona nuestras relaciones y lleva a actividades deshumanizantes.

El libro de Éxodo registra una expresión temprana del pecado en relación con la raza y la etnia. Aquí vemos políticas sistémicas dirigidas a grupos específicos sobre la base de su identidad.

El pueblo de Israel era un grupo étnico distinto. Como israelitas, fructificaron y se multiplicaron en Egipto, cumpliendo el mandato de creación de Dios (Éxodo 1:7). Su crecimiento captó la atención de los gobernantes egipcios. Los egipcios creían que los israelitas acabarían volviéndose contra ellos. Para evitarlo, el faraón ideó un plan para oprimirlos con trabajos forzados (Éxodo 1:8–14).

En esta historia, el miedo al «otro» motivó la crueldad, la injusticia e incluso el genocidio. Una política egipcia estaba dirigida a todos los niños hebreos recién nacidos y exigía su muerte (Éxodo 1:15–22).

No reconocer la diversidad como parte del plan de Dios conduce a un grave error.

La animosidad racial y étnica también hizo su aparición cuando Miriam y Aarón criticaron a Moisés por tener una esposa de ascendencia africana (Números 12:1–16). Cus, se tradujo como «Etiopía» en la versión inglesa de la Biblia King James, era una zona al sur de Egipto. Los cusitas eran conocidos por su piel oscura.

A Dios no le gustó este ataque a Moisés y a su familia. El Señor hizo callar las murmuraciones y volvió la piel de Miriam en blanca por la lepra. En esta historia, la piel blanca era un castigo, una señal visible y una diferencia clara con la piel negra de la esposa cusita de Moisés, a la que Dios había aceptado y defendido.

¿Y cómo respondió Dios a la opresión del pueblo hebreo en Egipto? ¿Qué hizo Él con respecto al genocidio racial que se hizo con el pueblo hebreo? Dios envió a Moisés para conducir a su pueblo a la Tierra Prometida. Les concedió la libertad en una tierra donde ya no experimentarían tal injusticia u opresión.

Hoy en día, leemos estas historias y estamos de acuerdo en que la experiencia del pueblo hebreo fue injusta. El racismo es un pecado de injusticia.

El racismo trata a las personas injustamente sin otra razón que las diferencias raciales o étnicas. Aparece activamente en los gestos, el lenguaje y los comportamientos. Aparece pasivamente en el silencio y la complicidad ante la injusticia. Y se instituye socialmente en leyes y políticas que privan de derechos a grupos enteros de personas.

La redención de todos

El llamado de Abraham a dejar su tierra natal y aventurarse a una nueva tierra no puede entenderse aparte del pecado y los problemas que habían surgido desde Adán. Dios prometió a Abraham que lo bendeciría a él y a su familia. Además, Dios dijo que bendeciría a «todas las familias de la tierra» a través de Abraham (Génesis 12:3 ntv).

El plan de Dios siempre ha sido redimir a toda la humanidad: personas de todos los colores, nacionalidades y lenguas. Dios no tenía la intención de que la promesa fuera exclusivamente para Abraham y sus descendientes. El plan de Dios siempre ha sido llevar la salvación a todas las personas.

A lo largo del Antiguo Testamento, la esperanza de salvación para otras naciones permaneció en la mira. El rey Salomón oró en nombre de los extranjeros en la dedicación del Templo. Pidió a Dios que escuchara sus oraciones para que todos los pueblos conocieran y temieran al Señor (2 Crónicas 6:33).

Cuando el pueblo de Judá estaba en el exilio, el profeta Isaías no solo profetizó su restauración, sino que también esperaba la salvación de todos. Isaías anticipó una futura ciudad que sería un lugar donde personas de diferentes razas vendrían a aprender los caminos de Dios (Isaías 2:1–4).

Isaías profetizó un gran banquete en el que todos los pueblos celebrarían (Isaías 25:6–8). Y su esperanza en el futuro Mesías incluía la expectativa de que sería ungido con el Espíritu, reuniría a los exiliados de Israel y llevaría la salvación hasta los confines de la tierra (Isaías 11:1–12; 42:6; 49:6).

La salvación siempre fue una misión global. Cuando Jesús apareció en los Evangelios, esta misión global no se perdió.

El profeta Simón anunció que el niño Jesús se convertiría en una «luz para revelar a Dios a las naciones» (Lucas 2:30–32 ntv). Cuando Jesús comenzó su ministerio, Juan el Bautista lo describió como el «Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29 ntv).

Aunque Jesús ministró principalmente entre el pueblo judío, también se acercó a los gentiles. Jesús reveló su identidad a una mujer samaritana (Juan 4:4–26). Sanó al siervo de un centurión (Lucas 7:1–10). Y quizás lo más notable es que Jesús limpió el atrio de los gentiles en el templo, citando Isaías 56:7: «Mi templo será llamado casa de oración para todas las naciones» (Marcos 11:17 ntv).

Sabemos que la misión redentora de Dios es racialmente inclusiva. Cuando el apóstol Juan recibió una revelación del cielo, no vio un grupo homogéneo de personas. Este es su informe:

Después de esto vi una enorme multitud de todo pueblo y toda nación, tribu y lengua, que era tan numerosa que nadie podía contarla. Estaban de pie delante del trono y delante del Cordero. Vestían túnicas blancas y tenían en sus manos ramas de palmeras. Y gritaban con gran estruendo: «¡La salvación viene de nuestro Dios que está sentado en el trono y del Cordero!» (Apocalipsis 7:9–10, ntv, énfasis añadido).

Como pentecostales, afirmamos que Jesús es nuestro Salvador, y que Él envió su Espíritu Santo para capacitarnos para la obra de alcanzar a todas las personas con el evangelio (Hechos 1:8). Jesús no es una deidad tribal que no se preocupa por las personas fuera de la raza judía.

La misión universal del Evangelio debe influir y moldear nuestra visión de la raza. Puesto que Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo para salvar al mundo, nadie en el mundo debería estar fuera de los límites o de las fronteras de nuestro amor, compasión y preocupación misionera (Juan 3:16).

Reflejar el plan de Dios

¿Qué podemos aprender al observar la historia bíblica a través del prisma de la raza? No hay nada malo en la identidad racial. La diversidad racial siempre ha formado parte del plan de Dios para la humanidad.

Pecamos contra el prójimo que lleva la imagen de Dios cuando utilizamos las diferencias raciales o étnicas para perpetuar estructuras, acciones o creencias que perjudican a los demás.

Esta fue la injusticia que vivió el pueblo hebreo. También es parte de la transgresión de la que Jesús vino a salvarnos. Su deseo es que todos experimenten la reconciliación con Dios y con los demás.

Aunque Jesús ha vencido al mundo, continuamos viviendo en este mundo y debemos seguir luchando contra el legado de racismo que ha moldeado a muchos corazones y mentes. La Iglesia de hoy, y especialmente las personas del Espíritu, deben luchar agresivamente contra el racismo, las ideologías racistas y las políticas sociales que deshumanizan y oprimen a las personas.

Debemos superar las cosas que nos dividen, incluyendo la sospecha y el miedo a las personas que no se parecen a nosotros o que no comparten nuestras experiencias culturales. La Iglesia debe liderar la promoción de la equidad y la justicia mientras llevamos la buena noticia de Jesús hasta los confines de la tierra.

Ver la diversidad de la humanidad es vislumbrar el cielo. Que sigamos trabajando para construir una comunidad que refleje esta realidad, un lugar donde todas las personas puedan estar juntas, en unidad, paz e igualdad, y adorar a nuestro Señor.

El doctor Rodolfo Galván Estrada III es profesor adjunto de Nuevo Testamento en el Seminario Teológico Fuller de Pasadena, California.

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