Lo que creemos acerca de... el juicio final

Una serie sobre la Declaración de Verdades Fundamentales de las AD

Allen Tennison on February 25, 2026

Recientemente vi una publicación en las redes sociales de alguien que estaba abandonando la fe cristiana. Entre las razones que esta persona enumeraba se encontraba la dificultad de conciliar el concepto del infierno con el amor de Dios.

La doctrina del infierno puede ser un poderoso motivador. Muchos creyentes respondieron inicialmente al mensaje de salvación por temor a ir al infierno. Los cristianos también se han dedicado a la oración, la evangelización y las misiones globales por la amenaza del infierno.

Las imágenes del infierno también pueden mover a las personas en la dirección opuesta. Algunos rechazan el cristianismo debido a su enseñanza sobre el infierno. Se niegan a creer en un Dios que permite que las personas sufran un tormento eterno o descartan lo que consideran amenazas basadas en el miedo por parte de los predicadores.

Lo que algunos ven como motivación, otros lo consideran manipulación.

En Por qué no soy cristiano, el filósofo y ateo Bertrand Russell escribió: «En mi opinión, hay un defecto muy grave en el carácter moral de Cristo, y es que creía en el infierno. Yo no creo que ninguna persona verdaderamente humana pueda creer en el castigo eterno».

Los cristianos creen en el infierno porque Jesús creía en él. Pero los creyentes también han luchado por explicar, defender o vivir a la luz de tal doctrina durante la mayor parte de la historia de la Iglesia.

¿Cómo tomamos en serio lo que dice la Biblia sobre el infierno? ¿Estamos preparados para el impacto que esa creencia puede tener en los demás?

Junto con la Iglesia histórica y global, las Asambleas de Dios defienden la enseñanza de un infierno eterno, tal y como se define en el artículo 15 de su Declaración de Verdades Fundamentales, «El juicio final».

Sin embargo, la manera en que entendemos y vivimos esta doctrina puede moldear la visión que las personas tienen de Dios e influir en la manera en que reciben el evangelio de nosotros.

 

Teología del infierno

Algunas traducciones de la Biblia al español utilizan la palabra «infierno» para referirse a los términos griegos «Gehena», «Hades» y «Tártaro» en el Nuevo Testamento, y al término hebreo «Seol» en el Antiguo Testamento.

Dado que estos términos no son sinónimos, no podemos dar por sentado que la palabra «infierno» significa lo mismo en toda la Escritura.

Seol y Hades se refieren a la morada de todos los muertos. Textos como Deuteronomio 32:22 pueden aludir al castigo continuo de los malvados en el Seol. Sin embargo, no fue hasta el período intertestamentario cuando la literatura judía describió claramente experiencias dispares en la otra vida para los malvados y los justos.

En la época del Nuevo Testamento, muchos consideraban el Seol como un centro de detención para los malvados y un paraíso para los justos, mientras todos esperaban el juicio final. La historia de Jesús sobre Lázaro y el hombre rico en Lucas 16 refleja esta visión.

El Seol, o Hades, no es el lugar de la condenación eterna. Tampoco lo es el Tártaro. El Tártaro, que solo aparece en 2 Pedro 2:4, se refiere a un lugar de reclusión similar a una mazmorra para los ángeles que se enfrentan al juicio.

Al referirse al juicio final, Jesús utilizó el nombre de Gehena once veces. (Mateo 5:22,29–30; 10:28; 18:9; 23:15,33; Marcos 9:43,45,47; Lucas 12:5).

Gehena se refería a un lugar real, el valle de Hinom o Ben Hinom, en la ladera sur de Jerusalén. Debido a que los reyes malvados sacrificaban niños a dioses falsos en ese valle (2 Reyes 23:10; 2 Crónicas 28:3; 33:6), Jeremías lo asoció con el lugar del juicio futuro de Dios (7:30–34; 19:1–13; 32:35).

Jesús enfatizó dos cosas acerca del infierno/Gehena: fue preparado para el diablo y sus ángeles (Mateo 25:41), y las personas deben evitarlo (Mateo 5:22–30; Marcos 9:43–48).

Sin embargo, una teología del infierno debe basarse en algo más que un estudio de palabras. Debemos considerar lo que enseña toda la Biblia sobre el juicio final de Dios. Destaca siete verdades.

1. La ira de Dios contra el pecado culmina en el juicio final (Mateo 3:7; Juan 3:36; Romanos 2:5–6; Colosenses 3:5–6; 1 Tesalonicenses 1:10; Apocalipsis 6:16; 19:15).

Apocalipsis 14:10 y 16:19 se refieren a la copa de la ira de Dios, aludiendo no solo a las imágenes del Antiguo Testamento (Isaías 51:17; Jeremías 25:15), sino también a la propia comprensión de Jesús de su crucifixión, en la que asume la ira de Dios en nuestro lugar (Mateo 26:39,42; Marcos 14:36; Lucas 22:42; Juan 18:11).

2. El juicio final llegará rápidamente. Algunos profetas hablan del juicio de Dios como algo que sucederá en un día (Isaías 24:21; 34:8; Malaquías 3:2).

La frase del Antiguo Testamento «Día del Señor» se refiere al juicio de Dios sobre las naciones extranjeras (Ezequiel 30:3–5; Abdías 15–16), así como sobre Israel (Joel 2:1–2; Amós 5:18–20; Sofonías 1:7–18).

Ese «Día» traerá la liberación a quienes sufrieron bajo los opresores (Isaías 29:18–19; Miqueas 4:6–7; Sofonías 3:11–13).

Los escritores del Nuevo Testamento también previeron un «día del juicio» (Mateo 10:15; 2 Pedro 2:9; 1 Juan 4:17); un «gran día» (Judas 6, NTV); o el día en que Dios juzgará al mundo (Hechos 17:31).

3. Aunque el juicio final tendrá lugar en un momento determinado, sus consecuencias durarán eternamente. Isaías 66:24 ofrece una imagen del juicio final en la que los justos pasan y ven los cadáveres de los rebeldes que permanecen sin enterrar por toda la eternidad.

Los cristianos creen en el infierno porque Jesús creía en él. Pero los creyentes también han luchado por explicar, defender o vivir a la luz de tal doctrina durante la mayor parte de la historia de la Iglesia.

Jesús se inspiró en este pasaje en Marcos 9:48, describiendo el infierno como un lugar donde los gusanos que devoran a los condenados no mueren, «y el fuego nunca se apaga» (NTV).

El profeta Daniel vislumbró una resurrección de los malvados «para vergüenza y deshonra eterna» (Daniel 12:2, NTV).

Jesús habló del castigo eterno (Mateo 25:46) y el apóstol Pablo de la «destrucción eterna» (2 Tesalonicenses 1:9, NTV).

En el libro del Apocalipsis, Juan describió un tormento que dura «por los siglos de los siglos» (Apocalipsis 14:11; 20:10, NBLA), un castigo que llamó «la muerte segunda» (21:8, NBLA).

4. La condenación eterna implica alejarse de la presencia de Dios. El Señor invitará a los justos a «venir» (Mateo 25:34), mientras que a los malhechores les dirá que «se aparten» o se «alejen» de Él (Mateo 7:23; 25:41).

Pablo dijo que aquellos que rechacen el evangelio serán «excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de Su poder» (2 Tesalonicenses 1:9, NBLA).

El juicio final también se describe como ser echado a las «tinieblas» u «oscuridad» (Mateo 8:12; 22:13; 25:30; 2 Pedro 2:4,17; Judas 6,13). Esta imagen de las tinieblas también puede reflejar el alejamiento de Dios, al igual que la luz refleja la presencia de Dios (Apocalipsis 21:23). Las tinieblas incluyen tormento, ya que habrá «llanto y crujir de dientes».

5. Los condenados se enfrentarán a un castigo representado como fuego (Mateo 5:22; 13:40–42, 49–50; 18:8–9; 25:41; Marcos 9:43–48).

El Apocalipsis describe un lago de fuego (19:20; 20:14–15; 21:8) como el destino final de la bestia y el falso profeta, el diablo, la Muerte y el Hades y todos los muertos cuyos nombres no se encuentran escritos en el Libro de la Vida.

Este juicio sobre el diablo, sus ángeles y la humanidad no redimida culmina con el fin de la mortalidad y la creación de un nuevo cielo nuevo y una nueva tierra.

Según Apocalipsis 21:4, «no habrá más muerte ni tristeza ni llanto ni dolor. Todas esas cosas ya no existirán más» (NTV).

6. El lago de fuego fue preparado para el diablo y sus ángeles, no para las personas (Mateo 25:41). Donde se predica el evangelio, se ofrece el perdón (Mateo 26:28; Lucas 24:46–47; Hechos 2:38; 10:43; 13:38; 26:18; Efesios 1:7; Colosenses 1:14; 1 Juan 1:9).

Como Pablo le dijo a Timoteo, Dios «quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al pleno conocimiento de la verdad» (1 Timoteo 2:4, NBLA).

7. El juicio final de Dios ofrece esperanza a toda la creación. Para establecer un nuevo orden, Dios debe abolir el antiguo. El infierno es el lugar dentro de la teología donde Dios coloca el mal, el sufrimiento y la muerte, separándolos por completo de la nueva creación.

En ese sentido, el infierno hace posible el nuevo cielo y la nueva tierra. Esta nueva creación es el destino que Dios desea para cada uno de nosotros (Romanos 8:19–21).

Es la realidad de los seres humanos en el lugar que Dios destinó al diablo y a sus ángeles (Apocalipsis 12:9) lo que nos lleva al problema del infierno.

 

El problema del infierno

A lo largo de los siglos, muchos han objetado que la doctrina del infierno es incompatible con la comprensión cristiana de Dios. Este dilema teológico es una forma extrema del problema del mal.

Una manera de entender el «problema del infierno» es contemplarlo con la ayuda de cuatro interrogantes.

La perspectiva de la justicia se pregunta si un Dios justo puede castigar eternamente a las personas por pecados que fueron limitados en duración y alcance. En algún momento, ¿no recibirían incluso los peores pecadores un castigo suficiente por sus crímenes?

A continuación, la perspectiva de la victoria se pregunta cómo Dios puede lograr la victoria definitiva sobre el mal si el sufrimiento continúa por toda la eternidad. ¿Será que Dios fracasa en última instancia si las personas que creó experimentan un tormento eterno?

La perspectiva del amor se pregunta cómo un Dios benevolente podría permitir que parte de su creación experimentara un tormento sin fin. ¿Cómo podrían los redimidos experimentar un gozo completo si las personas que aman siguen sufriendo?

Por último, está la perspectiva del terror. ¿Pueden las personas responder libremente a la oferta de salvación de Dios si la única otra opción es el infierno? ¿Aceptar a Cristo por miedo al más allá es cuestión de convicción o de coacción?

¿Nuestra comprensión del infierno como un lugar de tormento implacable y consciente concuerda con la revelación de un Dios amoroso, justo y victorioso que desea una relación libre y honesta con todas las personas? Si no es así, ¿qué doctrina debe cambiar?

Algunos han cuestionado la doctrina tradicional del infierno centrándose en una de las tres afirmaciones de la doctrina que suscitan objeciones. En primer lugar, los que estén en el infierno sufrirán tormentos. En segundo lugar, esos tormentos serán implacables. En tercer lugar, el infierno será definitivo, sin posibilidad de arrepentimiento ni de escape.

En la historia de la Iglesia, algunos trataron de justificar los tormentos del infierno describiendo un dolor proporcional a la ofensa o vinculando tormentos específicos a pecados concretos. La Ciudad de Dios de Agustín de Hipona y el Infierno de Dante son algunos de los muchos ejemplos literarios que exploran estos temas.

Otros cuestionaron la naturaleza implacable de los tormentos del infierno. Desafiando la concepción platónica del alma como inherentemente eterna, algunos de los primeros cristianos sugirieron que la existencia eterna es solo para los justos.

Durante el siglo III, Arnobio interpretó las imágenes bíblicas del fuego como la aniquilación de los malvados, que dejarían de existir para siempre.

Esta visión, conocida hoy en día como aniquilacionismo o inmortalidad condicional, intenta responder al problema del infierno rechazando la tortura implacable.

El aniquilacionismo puede admitir la posibilidad del tormento en el infierno, al tiempo que insiste en que ese sufrimiento terminará finalmente con la destrucción total. En opinión de algunos aniquilacionistas, si alguien sufre por toda la eternidad, ese es el diablo y sus ángeles.

Otros cristianos primitivos cuestionaron la finalidad del infierno. Orígenes, un maestro muy influyente del siglo II, especuló que el fuego que atormenta también podría purificar.

Orígenes no negaba la existencia del infierno, pero cuestionaba que durase para siempre. Pensaba que el castigo podría conducir en última instancia al arrepentimiento y la redención.

A lo largo de los siglos, muchos han objetado que la doctrina del infierno es incompatible con la comprensión cristiana de Dios.

El Quinto Concilio Ecuménico de Constantinopla condenó la enseñanza de que el infierno conduciría a la salvación universal. Desde entonces, la Iglesia global ha considerado el universalismo como una herejía. En consecuencia, el universalismo nunca ha sido una visión aceptable para la mayoría de los cristianos.

Durante la Edad Media surgió una solución más ampliamente aceptada al problema del infierno. Anselmo, arzobispo de Canterbury del siglo XI, argumentó que la severidad del infierno refleja la gravedad de violar el honor de Dios.

Cualquier pecado contra un Dios infinitamente grande es infinitamente ofensivo. Los seres humanos son incapaces de pagar tal deuda. La única solución era que un «Dios-hombre» hiciera la restitución.

Para muchos cristianos, la explicación de Anselmo sobre el efecto salvífico de la Cruz resuelve el problema del infierno. La grandeza de Dios exige una satisfacción que, si no se paga con la Cruz, debe resultar en un tormento eterno.

Más tarde, los calvinistas añadieron otro argumento a esta defensa del infierno apelando a la soberanía de Dios. El calvinismo enseña que Dios eligió de antemano salvar a algunos y condenar a otros. En este marco teológico, el tormento eterno existe para aumentar la gratitud de los elegidos por la salvación. Algunos incluso han sugerido que los cristianos en la eternidad se deleitarían al ver a los malvados en tormento.

Para muchos, tal explicación solo agrava el problema del infierno. Si nuestra defensa del infierno nos llama a deleitarnos en el tormento de los demás, ¿hace esto que las otras opciones sean más atractivas?

Algunos protestantes sostienen que el infierno es simplemente la consecuencia natural de resistirse a Dios. Si optan por vivir sin Dios antes del juicio, también están eligiendo la eternidad sin Él. En cierto sentido, en el juicio final Dios termina dándoles exactamente lo que quieren.

C.S. Lewis escribió en su famosa obra El problema del dolor que «las puertas del infierno están cerradas por dentro». Puede que las personas no elijan voluntariamente sufrir los tormentos del infierno eternamente, pero sí eligen permanecer separadas de Dios, y esa separación solo puede describirse como el infierno.

¿Qué significa el fuego del infierno? ¿El fuego atormenta como en la concepción tradicional? ¿El fuego consume como en la concepción aniquilacionista?  ¿O el fuego purifica como en la concepción universalista?

Los primeros pentecostales lucharon con el problema del infierno. Charles Parham enseñaba el aniquilacionismo. Su alumno William J. Seymour, que lideró el avivamiento de la calle Azusa, rechazó esta visión.

Durante la década de 1920, un popular maestro comenzó a utilizar Hechos 3:21, que habla de Dios restaurando todos los aspectos de la creación, para promover el universalismo.

Los estatutos de las Asambleas de Dios calificaron la «restitución de todas las cosas» como un error escatológico. Una actualización de 2023 se refiere a este error con la etiqueta más genérica de «universalismo».

De acuerdo con el artículo 15 de nuestra Declaración de Verdades Fundamentales, los líderes de las Asambleas de Dios no pueden afirmar públicamente el universalismo.

 

La finalidad del infierno

La versión actual del artículo 15 data de 1961, cuando el título cambió de «El lago de fuego» a «El juicio final».

Un documento de posición de las AD, también titulado «El juicio final», desglosa el texto del artículo 15 en cuatro puntos.

En primer lugar, el juicio de Dios sobre los culpables es definitivo. Las Escrituras no ofrecen ninguna posibilidad de esperanza para aquellos que se encuentran en el lago de fuego.

El destierro de la maldad es lo que hace posible una nueva creación. No hay base bíblica para la idea de que aquellos que están en el infierno puedan obtener la redención.

Los universalistas cristianos aceptan la realidad del infierno, pero argumentan que es temporal. Citando pasajes que hablan de la obra salvífica de Dios para «todos» (Romanos 5:18; 11:32; 1 Corintios 15:22; Colosenses 1:20), los universalistas afirman que todos recibirán la salvación al final, aunque sea a través del juicio del infierno. Según este punto de vista, el infierno funciona como un purgatorio, que en última instancia conduce al arrepentimiento y la santificación.

Sin embargo, la Biblia deja claro que el juicio de Dios es definitivo. Como escribe John Stackhouse, «el universalismo es el triunfo de la esperanza sobre la exégesis».

En segundo lugar, los culpables son juzgados por sus obras en ausencia de la redención. Cuando los muertos se presenten ante Dios, se abrirán dos libros. Uno contiene el registro de sus obras. El otro es el Libro de la Vida.

Dios juzgará a los malvados según sus pecados reales. Entonces, como dice Apocalipsis 20:15, cualquiera cuyo nombre no esté escrito en el Libro de la Vida será «arrojado al lago de fuego».

Como Dios es justo, podemos estar seguros de que no habrá errores, malentendidos ni sentencias injustas. El Dios que todo lo sabe y tiende a la misericordia también será el que juzgue y condene.

No se puede afirmar que Dios no entiende lo que es ser humano. Jesús vivió y sufrió en el mundo que juzgará.

El infierno será definitivo, pero también justo.

Algunos se preguntan cómo Dios podría condenar a aquellos que nunca escucharon el evangelio. El documento de posición de las AD señala: «Las Asambleas de Dios no creen que alguien vaya al infierno por haber nacido en el país equivocado o en el siglo equivocado. ... El rechazo a Dios y las acciones resultantes, no solo el no haber escuchado el evangelio, traen consigo el juicio».

Dios juzgará a los no evangelizados según su sabiduría y justicia. Para los creyentes, sigue siendo urgente la responsabilidad de compartir las buenas nuevas de Jesús. Nadie será castigado injustamente, pero todos necesitan escuchar el evangelio.

En tercer lugar, los culpables participan del castigo de los enemigos de Dios. Jesús dijo que el infierno fue creado para el diablo y sus ángeles. El Apocalipsis describe a la bestia y al falso profeta en el lago de fuego antes del juicio de Satanás.

El infierno existe para apartar definitivamente de la nueva creación todo aquello que corrompió la antigua creación, de principio a fin.

Dios no creó el infierno pensando en las personas, ni creó a las personas pensando en el infierno. El deseo de Dios es que todos se arrepientan y eviten el infierno (2 Pedro 3:9).

Las Asambleas de Dios rechazan la enseñanza de que Dios crea deliberadamente a algunas personas para la condenación. Al mismo tiempo, creemos que las personas tienen la libertad de elegir una vida que los lleva al infierno.

Dios no creó el infierno pensando 
en las personas, ni 
creó a las personas pensando en el infierno. El deseo de Dios es que todos se arrepientan y eviten el infierno (2 Pedro 3:9).

Todos tienen la posibilidad de elegir, incluso sin el testimonio cristiano, si pueden distinguir el bien del mal. Los que han pecado necesitan el perdón de Dios a través de Cristo. El infierno es solo para los culpables, pero también lo es el evangelio.

El problema del infierno gira en torno al tormento eterno e implacable de los malvados. Al enfatizar el juicio final como un evento, las Asambleas de Dios enmarcan su teología del infierno en el contexto de la nueva creación que vendrá.

Aunque algunos describen el infierno como la ausencia de Dios, esa noción desafía la omnipresencia divina. Sin embargo, está claro que el infierno separa a los condenados de la nueva creación.

Las Escrituras revelan que Dios hará nuevas todas las cosas, enjugará las lágrimas, estará plenamente presente y proveerá sanidad y un hogar a su pueblo. Los que están en el infierno se pierden por completo el consuelo, la sanidad y la comunidad de Dios.

La imagen bíblica del fuego evoca el tormento para los malvados, pero la Biblia también simboliza el juicio como alejamiento de Dios y de su amor, paz y gozo.

El infierno implica una inutilidad eterna. Los condenados ya no pueden aportar nada positivo ni causar daño a la nueva creación. Como portadores de la imagen de Dios, los seres humanos fueron creados para hacer el bien. El infierno anula ese propósito en los condenados.

La separación de todo el bien que Dios promete ya es un tormento. El destierro del mal representa esperanza para todos los que recibirán las promesas de Dios, pero horror para los que están separados de ellas. El infierno es definitivo y justo, pero también aterrador.

Por último, el castigo de los culpables será eterno. Las Escrituras enseñan que cuando el diablo sea arrojado al lago de fuego con la bestia y el falso profeta, «serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos» (Apocalipsis 20:10, NBLA).

Debido a que los malvados experimentan el mismo juicio que el diablo, su castigo nunca terminará. Las Asambleas de Dios no enseñan el aniquilacionismo. El infierno es definitivo, justo, aterrador y eterno.

La Iglesia global no considera el aniquilacionismo una herejía como el universalismo. El aniquilacionismo no hace imposible el evangelio. Un creyente que sostenga esta opinión puede seguir afirmando la salvación solo a través de Cristo y aceptar la enseñanza del juicio eterno para los malvados: una eternidad de no existir.

Hay textos bíblicos que hablan del juicio utilizando un lenguaje de muerte y destrucción (Mateo 7:13; 10:28; Juan 3:16; Romanos 6:23; Hebreos 10:39). Sin embargo, las opiniones aniquilacionistas no explican adecuadamente otros pasajes que describen un tormento implacable (Mateo 25:46; Apocalipsis 14:11; 20:10).

Las Asambleas de Dios se han resistido tanto al aniquilacionismo como al universalismo, así como a cualquier intento protestante de convertir la condenación de los malvados en un deleite para los redimidos. A lo largo de su historia, las AD no han intentado resolver el problema del infierno con filosofía, sino con oración por los perdidos, evangelización y misiones.

De hecho, las Asambleas de Dios existen porque las iglesias pentecostales locales querían aunar esfuerzos en pro de las misiones, la evangelización y la fundación de iglesias. Desde el principio, nos impulsó la urgencia por la salvación de los perdidos y la anticipación del pronto regreso de Cristo.

Esa urgencia todavía nos impulsa. Los líderes de las AD no minimizan la doctrina del infierno porque sea difícil. Hablamos del infierno, pero no nos deleitamos en él. ¡Predicamos sobre el infierno porque queremos dejarlo vacío!

 

Práctica pastoral

Los ministros deben responder a la doctrina del infierno predicándola y enseñándola, y guiando a las personas a vivir a la luz de la eternidad.

Sin embargo, podemos declarar la doctrina del infierno como una esperanza colectiva y no solo como una advertencia personal. Después de todo, las Escrituras prometen que la nueva creación estará libre de todos los peligros y aflicciones que mancillan nuestro mundo actual.

La realidad del infierno significa que podemos esperar la ausencia de muerte, sufrimiento y maldad. El infierno nos da razones para creer que nuestras lágrimas pueden ser enjugadas, porque viviremos libres de todas las cosas que causaron esos dolores.

Además, la doctrina del infierno significa que Dios no permitirá que las injusticias queden sin respuesta. Aquellos que oprimen a los pobres, traicionan a los inocentes, se aprovechan de los vulnerables, desvían a otros y viven en rebelión contra Dios no escaparán al juicio a menos que se arrepientan y acepten a Cristo.

Aunque queremos que Dios haga justicia y elimine el sufrimiento, seguimos orando para que las personas se alejen del pecado antes del día del juicio. Podemos anhelar un mundo sin corrupción y seguir deseando la salvación de todos (1 Timoteo 2:1–4). Podemos regocijarnos por la destrucción del mal mientras lloramos por el estado rebelde de las personas que Dios ama.

Al predicar sobre el infierno, estamos advirtiendo a los pecadores de aquello de lo que Dios quiere salvarlos. También estamos recordando a los cristianos para qué los salvó Dios: una creación completamente liberada para Dios.

Debemos tener cuidado de no convertir el infierno en un argumento para que el fin justifique los medios dentro del liderazgo espiritual. Debido a que el infierno es eterno, algunos piensan que cualquier cosa que hagan para evitar que las personas vayan al infierno está justificada.

La misión de la Iglesia es más que rescatar a las personas de las llamas. Dios estableció la Iglesia para que fuera una comunidad que le siguiera y diera testimonio de la vida resucitada que Jesús trae.

Dios no solo salva a las personas del infierno. Las salva para una eternidad en su presencia. Nuestro ministerio y nuestra predicación deben reflejar esa realidad.

Como ministros, nuestro trabajo es presentar a las personas a Jesús como una novia pura preparada para el matrimonio (2 Corintios 11:2). Nuestros medios y métodos dan forma al fin de nuestro ministerio. No podemos usar la amenaza del infierno para justificar tomar atajos en la preparación del ministerio, manipular a otros en la evangelización, acortar el discipulado, abusar de los equipos ministeriales, maltratar a los misioneros, etc. El infierno es demasiado importante como para usarlo de excusa para un liderazgo deficiente.

La manera en que servimos a los perdidos influye en la manera en que edificamos la iglesia. La manera en que edificamos la iglesia determina su impacto en las generaciones futuras. Conseguir que cinco personas oren con nosotros hoy no justifica un comportamiento que impida a la congregación dar testimonio eficazmente a 5000 personas mañana. El infierno es un asunto demasiado serio como para que los conversos sigan sin ser discipulados.

Nunca debemos perder nuestra urgencia por salvar a los perdidos del infierno, pero tampoco podemos dejar que eso nos abrume en nuestro llamado a la madurez a la luz de Jesús.

Cuanto más sana sea la congregación, tanto mayor será su testimonio. La doctrina del infierno es demasiado cierta como para que la Iglesia no esté saludable.

 

Allen Tennison, Ph.D., es consejero teológico del Concilio General de las Asambleas de Dios y preside su Comisión de Doctrinas y Prácticas.

 

Este artículo aparece en el número de invierno de 2026 de la revista Influence.

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